jueves, 30 de agosto de 2012

Las vajillas de El Carmen de Viboral


Un pequeño y rústico taller de cerámica albergaba, hasta hace un par de años, gran parte de la historia de esta práctica artesanal en El Carmen de Viboral. No solo tenía importancia la manera tradicional como se producían las vajillas de barro en El Trébol; además, era valioso el conocimiento y las anécdotas de otros días narradas por don Clemente Betancur. Allí, este ceramista de profesión contaba viejas historias a quienes visitaban su taller…
Las grandes fábricas, durante la época dorada de la cerámica, incluyeron todo el proceso de transformación de la materia prima, contaban con grandes cunetas, fuentes de agua, molinos y varios obreros involucrados en una y otra parte del proceso.
La arcilla reposaba en tanques de agua, las piedras como el feldespato y el cuarzo se trituraban y afinaban con la intensión de pulverizarlas. Así, se tenían grandes molinos de madera, que aunque rústicos, lograban transformar estos minerales en polvo blanco.
Después se combinaba el fino polvo y la arcilla en pocas cantidades de agua, y se amasaba con el ánimo de obtener una mezcla pura y consistente. Con el paso de los años, don Clemente y los demás artesanos empezaron a comprar la pasta lista porque facilitaba el trabajo, los talleres podían ser más reducidos y el barro traído era de mejor calidad. Las demás etapas del proceso continuaron siendo las mismas de antes, sin dejar a un lado el saber tradicional con el que contaban los ceramistas.
Para darle forma al barro, los artesanos recurren a dos procesos de moldeado, uno de ellos hace uso de la mezcla en estado líquido, que es vaciada a moldes de yeso hasta que seque completamente. El otro proceso trabaja la pasta en estado sólido, que es depositada en moldes donde empieza a girar el disco del torno y a dar forma a platos hondos, tazas y pocillos.
Así son obtenidas las piezas en crudo, dejadas en lugares aireados sobre estantes de madera. Posteriormente el artesano pule, limpia y deja listas las piezas de barro para la primera quema o cocción en bizcocho, como se le llama tradicionalmente. En este proceso, las piezas son llevadas al horno durante algunas horas, mientras el artesano experimentado hace control de la temperatura y la cantidad de carbón suministrado, de una manera rústica: a ojo. Cuando el horno se apaga, las vajillas se dejan en enfriamiento durante 48 horas.
A continuación llegan las mujeres decoradoras a estos talleres, expertas en trazar pinceladas coloridas que van dando alegría a cada pieza de barro. Luego, cada producto se sumerge en tanques de líquido blanco donde se esmaltan y adquieren una cubierta impermeable que, además, le da brillo a cada recipiente. Así, se llevan nuevamente al horno para la segunda y última quema.
Al terminar el proceso se hacen algunas pruebas de calidad, como el timbre, para lo cual es indispensable que los artesanos tengan buen oído y puedan definir el tipo de golpe. “Si el golpe es seco, significa que hubo problemas en la cocción”. Finalmente, los artesanos empacan las vajillas y las llevan a la venta. Anteriormente, estos productos se transportaban en guacales de madera y paja y se vendían con la ayuda de algunos pregoneros en pueblos cercanos. Ellos, con voces encantadoras y el tono picaresco propio de los pueblos antioqueños, se robaban la atención en las tradicionales ferias. 

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño

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