Un pequeño y rústico taller de cerámica albergaba,
hasta hace un par de años, gran parte de la historia de esta práctica artesanal
en El Carmen de Viboral. No solo tenía importancia la manera tradicional como
se producían las vajillas de barro en El
Trébol; además, era valioso el conocimiento y las anécdotas de otros días
narradas por don Clemente Betancur. Allí, este ceramista de profesión contaba
viejas historias a quienes visitaban su taller…
Las grandes fábricas, durante la época dorada de la
cerámica, incluyeron todo el proceso de transformación de la materia prima,
contaban con grandes cunetas, fuentes de agua, molinos y varios obreros
involucrados en una y otra parte del proceso.
La arcilla reposaba en tanques de agua, las piedras
como el feldespato y el cuarzo se trituraban y afinaban con la intensión de
pulverizarlas. Así, se tenían grandes molinos de madera, que aunque rústicos,
lograban transformar estos minerales en polvo blanco.
Después se combinaba el fino polvo y la arcilla en
pocas cantidades de agua, y se amasaba con el ánimo de obtener una mezcla pura
y consistente. Con el paso de los años, don Clemente y los demás artesanos
empezaron a comprar la pasta lista porque facilitaba el trabajo, los talleres
podían ser más reducidos y el barro traído era de mejor calidad. Las demás
etapas del proceso continuaron siendo las mismas de antes, sin dejar a un lado
el saber tradicional con el que contaban los ceramistas.
Para darle forma al barro, los artesanos recurren a
dos procesos de moldeado, uno de ellos hace uso de la mezcla en estado líquido,
que es vaciada a moldes de yeso hasta que seque completamente. El otro proceso
trabaja la pasta en estado sólido, que es depositada en moldes donde empieza a
girar el disco del torno y a dar forma a platos hondos, tazas y pocillos.
Así son obtenidas las piezas en crudo, dejadas en
lugares aireados sobre estantes de madera. Posteriormente el artesano pule,
limpia y deja listas las piezas de barro para la primera quema o cocción en
bizcocho, como se le llama tradicionalmente. En este proceso, las piezas son
llevadas al horno durante algunas horas, mientras el artesano experimentado
hace control de la temperatura y la cantidad de carbón suministrado, de una
manera rústica: a ojo. Cuando el horno se apaga, las vajillas se dejan en
enfriamiento durante 48 horas.
A continuación llegan las mujeres decoradoras a estos
talleres, expertas en trazar pinceladas coloridas que van dando alegría a cada
pieza de barro. Luego, cada producto se sumerge en tanques de líquido blanco
donde se esmaltan y adquieren una cubierta impermeable que, además, le da
brillo a cada recipiente. Así, se llevan nuevamente al horno para la segunda y
última quema.
Al terminar el proceso se hacen algunas pruebas de
calidad, como el timbre, para lo cual es indispensable que los artesanos tengan
buen oído y puedan definir el tipo de golpe. “Si el golpe es seco, significa
que hubo problemas en la cocción”. Finalmente, los artesanos empacan las
vajillas y las llevan a la venta. Anteriormente, estos productos se
transportaban en guacales de madera y paja y se vendían con la ayuda de algunos
pregoneros en pueblos cercanos. Ellos, con voces encantadoras y el tono
picaresco propio de los pueblos antioqueños, se robaban la atención en las
tradicionales ferias.
Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño
Artículo para: http://www.delcarmendecor.com/

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