jueves, 9 de mayo de 2013

Un pueblo blanco que otros llamaron ciudad


El extenso paisaje sonsoneño fue, por muchos años, la ruta de colonización hacia el sur del pais, era sitio obligado para llevar la mercancía de la región a otros departamentos colombianos. No en vano se habla de la tradición arriera que heredaron los hijos, nietos y bisnietos de los hombres de finales del siglo XIX que transportaban cerámica, productos agrícolas, comestibles y herramientas de uso cotidiano. Existe allí, además, una historia herrera que no solo cobija las herraduras y monturas de los caballos para hacerlos adecuados medios de transporte, hoy se lleva a objetos de decoración como quijotes y sanchos, recreación de oficios de ciudad y una que otra veladora o candelabro.
Presentamos, en este espacio, algunas imágenes de un pueblo detenido en el tiempo, de un municipio que alberga fachadas de otros días y que se presenta ante los viajeros con una arquitectura prolongada que enaltece su valor patrimonial. Esta acogedora localidad está ubicada en la zona páramo, sin embargo, su condición montañosa recrea los climas más insospechados a pocos minutos de lejanía con el centro poblado.



Ubicado en la plaza principal del municipio de Sonsón, se encuentra lo que fue considerado el “Balcón más lindo de Antioquia” durante la década de los 80`s. Una extensa construcción colonial que actualmente alberga parte de la dinámica cultural de la localidad con los sonidos de la Escuela de Música.



El terremoto del 30 de junio de 1962, derribó parte de la antigua catedral de este municipio construida en piedra o granito sacado de las canteras de Roblalito, una majestuosa obra arquitectónica que fue considerada la segunda mejor iglesia en América Latina a principios del siglo XX. Cuando esta edificación cayó, se construyó una moderna parroquia que es quien hoy da la cara por un municipio fuertemente católico.



La Casa de los Abuelos alberga restos de la tradicional cultura antioqueña con historias sobre el “hueso gustador”, el “pilón del maíz” y el “escupidero” al lado de la cama. Esta casa museo reúne, además, las herramientas de producción y algunos ejemplares de lo que fue el primer periódico de provincia en todo el país: La Acción, fundado en 1918 por la Sociedad de Mejoras Públicas del municipio. El periódico, hasta el año 2008, se producía de manera artesanal en un taller destinado para el trabajo de las hermanas Cárdenas en la Casa de los Abuelos. Lucrecia y Bertha eran las encargadas del proceso manual con el que colocaban “letra por letra” en un juego de fichas móviles que permitía armar las oraciones, párrafos y, finalmente, las páginas completas de cada nueva edición. El periódico aún circula dentro y fuera del municipio, sin embargo, su proceso se ha tecnificado para la facilidad de las generaciones que han heredado su producción y conservación.



Finalmente, presentamos una imagen del páramo de Sonsón, visto desde el monumento de “Cristo Rey”, desde donde pueden verse las construcciones lejanas de la zona urbana de este municipio y, por otro lado, las extensas filas montañosas que alojan la ruralidad escondida dentro de este bosque de niebla.
Esa nubosidad alcanza (en algunos días de frío extremo) la urbe de Sonsón, cobijando las edificaciones, los árboles, los vehículos y los mismos transeúntes. En esos días de frío extremo, Sonsón da la apariencia de pueblo blanco.

Artículo publicado durante el mes de abril de 2013 en Opinión a la Plaza: http://www.opinionalaplaza.com/index.php?option=com_content&view=article&id=114&Itemid=183

Después de la Algarabía (opinión)


Puede ser un asunto de época el evidente desequilibrio emocional, es decir, el resultado de lo que genera un tiempo que por tradición se dedica a compartir con las personas queridas, pero que no necesariamente se cumple al pie de la costumbre. Es, y también es válido, un tiempo para vivir, compartir, conocer y aburrirse. Tiempo libre, al fin y al cabo.
Lo que queda después de estos días, y no lo digo por mí ni por mis cercanos solamente, sino por el montón de rostros que adivino a partir de la “intuición”… lo que queda, lo que veo, es una multitud de tristes, desencantados, inútiles e inmóviles, días en vano, depresión pos alcohol, billeteras débiles y espíritus frágiles (al menos se cumple con alguno de estos síntomas). Algunos, valientes, seguramente fijan sus esperanzas en el año que empieza, esperanzas que no serán de gran ayuda cuando el “año nuevo” esté acabando.
Para los tristes (o las tristes exactamente), para quienes quedan con el ánimo embolatado después de estos días, es que escribo este artículo. Las demás, bien pueden dejar de leer estas líneas, o leerlas y pensar que no es un asunto de ellas, que no les compete, incluso que no es la realidad: sí, puede ser una estupidez y en fin.
Confieso mi lamento por robarme un espacio como este hablando de “banalidades”, pero no quiero escribir sobre cualquier asunto actual menos pasajero; esto es lo que sucede a mi alrededor por estos días y mal haría en hablar de otras cosas. Además, aprovecho que me fue dada una total libertad para escribir, y que mencionando a este personaje -Héctor Abad Faciolince-, puedo causar un dolor de cabeza y herir la búsqueda e intelectualidad de un par de amigos que no lo aprecian nada… Bueno, debo decirlo, yo lo aprecio bastante.
Y para volver a esa situación debilitante, que puede o no ser producto de los días que siguen a la fiesta y la algarabía, al mismo tiempo que intento unirlo a la escritura de una casi mujer (Faciolince) desde la experiencia y el conocimiento que tiene de nosotras, aunque a veces se equivoque, mencionaré que recomiendo para las agotadas de espíritu el libro “Tratado de culinaria para mujeres tristes”, (los hombres ya debieron haber huido de aquí algunos párrafos antes).
Quizás no sea la escritura que recomendaría a las mujeres que tienen la razón tan “avanzada” que han dejado de lado el sentir –déjenme dudarlo-, pero celebro la manera jocosa en que estas líneas nos acercan a la tragedia femenina de todos los días, esta escritura nos infunde un ritual absurdo que no logra apaciguarnos ante el dolor, la culpa, la espera, la infidelidad, los días de ciclo lunar…
Simplemente, y para mí es suficiente, es una burla respetuosa frente a la desdicha. Está bien, no diré que es respetuosa, pero por lo menos acude a un humor negro que disfruto porque me lleva a la risa, a una risa inteligentemente absurda (a mi modo de ver).
Por si alguien tiene dudas, debo aclarar que no es ese tipo de escritura que a “muchos” salva o ayuda. Claro que no, de ser así, quizás lo hubiera descartado con solo saber ese macabro propósito. Se trata de literatura, sin pretenderme experta en el asunto, porque cumple los requisitos que le exijo a una obra literaria y finalmente, a cualquier obra de arte: que tengan la capacidad de involucrarme en lo que se narra, que me permitan identificarme con algún personaje, alguna acción o algunas líneas bien logradas y que, sin solucionarme la vida, me permita ahondar en lo que pasa y lleguen cuestionamientos vagamente inducidos. A una obra literaria, a esta para no salirme del plano elegido, le tengo respeto y aprecio por permitirme pasar las páginas al tiempo que pasaba apartes de vida (recuerdos, instantes y deseos de futuro) de muchas mujeres en diferentes momentos de sus vidas. El libro, como tal, tiene mi aprecio por ponerme trabas desde un lenguaje juguetón y por hacerme sonreír con lo casi ridículo de un “ritual” que se dicta a modo de receta culinaria (para que los hombres “machos” se terminen de excluir de su lectura, de una buena vez).

Artículo publicado el 3 de enero de 2013 en el blog de Opinión a la Plaza: http://opinionalaplaza.blogspot.com/2013/01/despues-de-la-algarabia.html

jueves, 30 de agosto de 2012

Decoración del barro


La decoración de vajillas del Carmen de Viboral se convirtió en un oficio de exclusividad femenina, gracias a las múltiples mujeres que aprendieron a trazar dibujos sobre piezas en bizcocho en algún viejo taller de cerámica. Ellas sobresalieron en este oficio, se convirtieron en una parte fundamental de la historia de la cerámica y muchas de ellas continúan decorando.
Creadas las fábricas y talleres de antaño, se introdujo la decoración del bizcocho para hacer productos, además de útiles, atractivos. La intención era contar con objetos estéticos para el uso cotidiano.
Las técnicas de decoración fueron variadas, iniciando con el uso del pincel y las esponjas marinas. En otras épocas se utilizaron moldes de cartón y cartulina para hacer las flores de manera medida: proceso de decoración en serie. Otras empresas utilizaron calcomanías que fijaron al producto en bizcocho. Sin embargo, se retornó a la decoración manual y las artesanas experimentadas tuvieron libertad sobre la pieza de barro.
Las decoradoras pintaron figuras naturales que inspiraron las pintas tradicionales, actualmente trazadas en platos, tazas, pocillos y demás utensilios. También se habla de decoración con motivos indígenas y tropicales por los años 30´s, a cargo del señor Pepe Mejía, como una manera de retratar elementos propios del entorno.
Cuando la empresa de cerámica La Continental quiso desechar el uso de calcomanías, se abrió un salón de decoración “manejado por unos siete hombres”, según cuenta Consuelo Arias, decoradora de profesión. Sin embargo, el salón fue cerrado a causa de una huelga que emprendieron estos personajes, época en la cual se permitió que varias mujeres de la fábrica practicaran la decoración algunos minutos del día y, posteriormente, el salón se reabrió con varias de estas mujeres, generalizando la decoración como actividad femenina.
Anteriormente estas pintas no tenían nombres, solamente se determinaban de acuerdo al número que reposara en sus catálogos de decoración. Florelba, la pinta azul cobalto, era la  número 011 en el catálogo de La Continental. De ésta se dice que fue una muestra que trajo algún comerciante al municipio y se reelaboró a manos de la decoradora Flor Elba Vargas, hasta convertirse en lo que es ahora: “capullos de agujitas puntiagudas”, en palabras de Consuelo Arias.
La lista de decorados básica, en aquel entonces, incluía también las pintas Primavera y Saúl (012). Guillermo Rendón, quien llegó como jefe de ventas a La Continental, fue quien inició el primer almacén de artesanías y puso nombres a éstas y otras pintas, que se convirtieron en las tradicionales.
Doña Consuelo, quien actualmente decora en Artesanías AZ, fue quien diseñó las pintas Aguamarina, Floral, Dalia, Camelia y Lucía, a esta última pinta, que mezcla el azul turquesa y el naranja, la llamó por el nombre de su madre. Para Consuelo “una pinta fea es la que se ve como triste”, por eso ella va componiendo sobre la marcha, agregando color con sus pinceles y, en el mismo plato, va dando formas cuando de crear nuevas pintas se trata.
Los diseños que van surgiendo hacen parte de un proceso de experimentación: combinación de colores, formas e imaginación. Muchas de estas piezas de barro, con sus trazos y colores exclusivos, se han hecho objetos hermosos e inimitables.
Así como Consuelo, muchas otras decoradoras, en diferentes talleres o fábricas, recogen las piezas luego de la primera quema en el horno, las desempolvan, hacen la prueba del timbre, las clasifican y pasan a decorarlas con sus propias manos, haciendo uso de pinceles, esponjas y alguno de los colores que disolvieron en agua.

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño

Las vajillas de El Carmen de Viboral


Un pequeño y rústico taller de cerámica albergaba, hasta hace un par de años, gran parte de la historia de esta práctica artesanal en El Carmen de Viboral. No solo tenía importancia la manera tradicional como se producían las vajillas de barro en El Trébol; además, era valioso el conocimiento y las anécdotas de otros días narradas por don Clemente Betancur. Allí, este ceramista de profesión contaba viejas historias a quienes visitaban su taller…
Las grandes fábricas, durante la época dorada de la cerámica, incluyeron todo el proceso de transformación de la materia prima, contaban con grandes cunetas, fuentes de agua, molinos y varios obreros involucrados en una y otra parte del proceso.
La arcilla reposaba en tanques de agua, las piedras como el feldespato y el cuarzo se trituraban y afinaban con la intensión de pulverizarlas. Así, se tenían grandes molinos de madera, que aunque rústicos, lograban transformar estos minerales en polvo blanco.
Después se combinaba el fino polvo y la arcilla en pocas cantidades de agua, y se amasaba con el ánimo de obtener una mezcla pura y consistente. Con el paso de los años, don Clemente y los demás artesanos empezaron a comprar la pasta lista porque facilitaba el trabajo, los talleres podían ser más reducidos y el barro traído era de mejor calidad. Las demás etapas del proceso continuaron siendo las mismas de antes, sin dejar a un lado el saber tradicional con el que contaban los ceramistas.
Para darle forma al barro, los artesanos recurren a dos procesos de moldeado, uno de ellos hace uso de la mezcla en estado líquido, que es vaciada a moldes de yeso hasta que seque completamente. El otro proceso trabaja la pasta en estado sólido, que es depositada en moldes donde empieza a girar el disco del torno y a dar forma a platos hondos, tazas y pocillos.
Así son obtenidas las piezas en crudo, dejadas en lugares aireados sobre estantes de madera. Posteriormente el artesano pule, limpia y deja listas las piezas de barro para la primera quema o cocción en bizcocho, como se le llama tradicionalmente. En este proceso, las piezas son llevadas al horno durante algunas horas, mientras el artesano experimentado hace control de la temperatura y la cantidad de carbón suministrado, de una manera rústica: a ojo. Cuando el horno se apaga, las vajillas se dejan en enfriamiento durante 48 horas.
A continuación llegan las mujeres decoradoras a estos talleres, expertas en trazar pinceladas coloridas que van dando alegría a cada pieza de barro. Luego, cada producto se sumerge en tanques de líquido blanco donde se esmaltan y adquieren una cubierta impermeable que, además, le da brillo a cada recipiente. Así, se llevan nuevamente al horno para la segunda y última quema.
Al terminar el proceso se hacen algunas pruebas de calidad, como el timbre, para lo cual es indispensable que los artesanos tengan buen oído y puedan definir el tipo de golpe. “Si el golpe es seco, significa que hubo problemas en la cocción”. Finalmente, los artesanos empacan las vajillas y las llevan a la venta. Anteriormente, estos productos se transportaban en guacales de madera y paja y se vendían con la ayuda de algunos pregoneros en pueblos cercanos. Ellos, con voces encantadoras y el tono picaresco propio de los pueblos antioqueños, se robaban la atención en las tradicionales ferias. 

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño

Historia de la cerámica en El Carmen de Viboral


Corrían las últimas décadas del siglo XIX, cuando el señor Eliseo Pareja llegó a El Carmen de Viboral y descubrió la riqueza de la región en feldespato y cuarzo, minerales necesarios para la fabricación de piezas cerámicas. Sería este personaje el fundador de la primera fábrica “Locería del Carmen” y el forjador inicial de una tradición de más de 110 años.
Eliseo Pareja, acompañado de Lisandro Zuluaga, provenían de la locería de Caldas donde trabajaban como operarios, ellos estaban en búsqueda de un lugar donde asentarse, ruta que los llevó a El Santuario y, posteriormente, al municipio donde le dieron vida a sus piezas cerámicas desde el año 1898.
Con el paso del tiempo comenzaron a establecerse nuevas fábricas de loza y algunos talleres en predios familiares, tanto así que en el año 1987 se contaban con 27 establecimientos dedicados a la producción de vajillas del Carmen de Viboral.
Fue de esta manera como algunos carmelitanos se hicieron cercanos a la arcilla, la fábrica, a los molinos rústicos con los que se generaba energía para procesar la materia prima y a la manera primitiva como se producían estas piezas de barro. Algunos artesanos recuerdan los largos trayectos por caminos reales, con pocillos, platos y tazas a lomo de mula, dirigiéndose a Sonsón y como destino final al centro del país.
A finales de la década de los 80´s, la fábrica de cerámica La Continental comenzó un proceso de exportación que aceleró su éxito y reconocimiento. Las vajillas del municipio llegaban a todo el país, se sabía del oficio de los ceramistas, se destacaron algunas de las pintas plasmadas por las decoradoras y se hablaba de más de 2000 familias que sobrevivían gracias a la producción de loza.
Sin embargo, a mediados de los 90´s disminuyeron significativamente los encargos de vajillas como resultado de la apertura económica (con la que ingresó cerámica al país a bajos precios) y el uso de materiales de plástico como utensilios cotidianos de cocina. Finalmente, estos factores provocaron que numerosas fábricas y talleres cerraran sus puertas.
Así finalizó lo que algunos llamaron la época dorada de la cerámica. Sin embargo, quedaron algunos talleres familiares que resistieron por el amor que profesaban los artesanos a la transformación del barro y porque todas sus vidas habían sido dedicadas a este oficio. Continuaron motivados por los recuerdos de otros días.
Cuando se pregunta por alguna vieja fábrica de loza, aparecen nombres como La Moderna, La Continental, El Cóndor, La Júpiter, entre otros. Algunos carmelitanos más, mencionan el recuerdo de carreteras veredales invadidas por recortes de loza en bizcocho, sin pintura ni esmalte: “las calles de Campo Alegre –dicen– tenían una apariencia blanca”.

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño
Artículo para: http://www.delcarmendecor.com/

sábado, 28 de julio de 2012

Doce actores en busca de la máscara


El gesto que podía insinuar el actor se oculta tras la máscara que fue puesta sobre su rostro. El personaje, entonces, acude al movimiento de su cuerpo, a la potencia de su voz, a dar sutiles o extravagantes tonalidades que justifiquen la presencia del objeto inanimado.
Sustituir el rostro con máscaras es dejar al actor sin el principal recurso de expresión. El espectador, entonces, se enfrenta al “vacío interior” de un personaje que recurre al cuerpo para lograr definirse y emocionarnos. Ahora no está el gesto como acción dramática intencionada, pero el espectador no necesita ser testigo de la expresividad de sus facciones.

Fotografía: Carolina Betancur.

El maestro Orlando Cajamarca, director del teatro Esquina Latina de la ciudad de Cali, compartió con doce actores de El Carmen de Viboral, y el oriente cercano, el taller de “Aprestamiento del actor a través de la máscara”, espacio donde se trabajaron algunos ejercicios para facilitar y potenciar la actuación con máscaras; ejercicios que también son útiles para la actuación sin ellas.
Cajamarca se acercó a la “máscara” gracias al trabajo impulsado por el francés Jean Marie Binoche (director de teatro, experto en formación de actores y directores) quien dictó un taller, en la ciudad de Cali, sobre estética y técnica de la utilización de máscaras en el espectáculo. Desde ahí, él mismo ha sistematizado un “aprestamiento básico para la actuación, donde la máscara es la herramienta de entrenamiento más importante y el campo visual del rostro se reduce en más de un 60%. No hay tiempo para amelcochar el gesto, todo se dedica a expresar”, afirma el director de Teatro Esquina Latina.
En los dos días de encuentro y creación, previos al inicio de la programación oficial del Festival Internacional de Teatro El Gesto Noble, se exploró el significado y uso de la máscara en diferentes épocas y culturas, se recordó –además– que fueron los griegos quienes utilizaron este antifaz para definir la persona: quien tuviera una máscara era un personaje.
El objeto de yeso sugiere un rostro neutro, un ícono de la personalidad que quiere significar y permanecer durante el transcurso de la función. Son muchos los directores, hacedores de teatro y quienes hacen pesquisas sobre el acto teatral, los que sostienen que “la máscara aplicada en el rostro potencia la expresión del cuerpo”, porque obliga al actor a asumir su teatralidad “desde abajo, desde el arraigo a lo tradicional”, desde las extremidades de su cuerpo que evidencian lo interior (alojado, en otros casos, en los gestos).
En dichas jornadas, no se dejó de lado “la máscara ligada a las tradiciones y rituales” de diferentes culturas, que tuvieron “aplique desde el teatro griego y la comedia de arte italiana” y se retoman en el siglo XX, época de “reencuentro con la máscara en su potencia ritual”, en palabras del facilitador del taller.
Para Argiro Estrada, promotor de teatro de la Escuela de Artes del Instituto, “lo valioso del taller es que nos generó nuevas posibilidades de estar en el escenario, desde la relación del actor con su propio cuerpo, esto nos permite configurarnos de otras maneras para conmover y generar asombro desde lo inesperado. Pienso que es muy interesante que le pasen a uno este tipo de cosas”.
Al finalizar la jornada, el maestro Cajamarca mencionó que algunos actores están mucho más familiarizados con el trabajo corporal y expresivo, de acuerdo a las habilidades que han desarrollado con el paso del tiempo. Sin embargo, los novatos en este tema también se llevaron diversos elementos y avanzaron con la propuesta del taller, puesto que “cada quien pesca de acuerdo al largo de su ensueño”.
Al reflexionar sobre su participación en el Festival, Cajamarca manifiesta que pudo avanzar considerablemente en este taller “por la misma tradición y empuje que ha tenido el municipio, por el proceso que ha dejado el Gesto Noble a lo largo de los años y el avance que se empieza a notar: se ha hecho una fuerte formación de públicos, hay sensibilidad en actores y espectadores y se han facilitado otros talleres formativos”. Afirma, finalmente, que “hay un fermento que ya está ahí. Es evidente que ya comienza a brotar la semilla en cada uno de los jóvenes actores”.

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño
Artículo para: Periódico El Gesto Noble

lunes, 23 de julio de 2012

Más que comparsas, es todo un carnaval


El Festival ha comenzado. Los artistas y teatreros se preparan con pinceles y acuarelas para la transformación de sus rostros. La intención es clara: trazar figuras coloridas sobre la piel para exagerar sus expresiones y, de acuerdo a la propuesta que traen, dar alegría y cuestionar asuntos de la vida diaria durante el recorrido.
El Carnaval de Comparsas inicia en el Centro de Convenciones de El Carmen de Viboral. A lo lejos, la presencia de los espectadores delimita el camino a seguir por parte de los artistas.
Los primeros personajes que aparecen cuentan la Leyenda del Alfarero de Fuego, el vestuario y color de piel remiten al barro, los movimientos y tiempos hacen honor a la transformación de esa masa elemental en la tradición carmelitana.
Los jóvenes narran el valor patrimonial de la cerámica desde la expresividad que les permite el cuerpo, la voz, las palabras dichas con emoción y sus miradas penetrantes. En la voz de una mujer se escucha parte de la leyenda: Cuando los primeros pueblos eran aún filitas de chozas, él ya era un viejo, su vagar por el mundo lo llevó a los lugares más remotos y exóticos del planeta, siempre viajaba a pie o nadaba para atravesar océanos…
Entre sonidos, malabares y magia, los personajes de Barriocomparsa, Polichinela, Pantolocos y La Polilla, avanzan hacia la carrera 31 (Sector La Alhambra). En las risas de algunos niños curiosos se refleja sorpresa y complicidad con quienes están ocultos tras las máscaras; son los más pequeños de la familia quienes saludan, tocan con timidez algunos de los actores y otros, más osados, bailan y cantan junto a ellos.
Mujeres y abuelos contemplan, desde el balcón de sus casas, el espectáculo de colores que se toma las calles con La Tartana, Simetría 333, Air Blue, Alex Sombreros y la Banda Insignia, quienes avanzan por la Calle de la Cerámica. Hasta allá llegan los golpes del tambor, las melodías del saxofón y el clarinete, en un ambiente festivo que logra contagiarlos.
Entre aplausos y sonrisas, se adelantan las propuestas creativas de Mimonerías, Banda Tercera Edad, Cenizas, Nuestra Gente, Circo Medellín, Banda Municipal y Urania; los personajes hacen el recorrido hasta llegar al parque principal del municipio. Algunos espectadores evidencian, desde la quietud e inexpresividad del rostro, otras maneras de contemplar el carnaval, que remiten a la introspección.
La mayoría de los asistentes ponen su mejor gesto y se dejan contagiar por la festividad, dejando que vuelva el niño interno que les permite imaginar, sonreír y actuar como parte de la puesta en escena que apenas comienza.

VOX POP



Sara Saldarriaga Buriticá
Está espectacular esta comparsa, se nota la preparación de los grupos y los mensajes que nos traen. Por ejemplo la última comparsa nos mostró, en forma de charla, cómo es la vida en el país y la manera como los políticos nos envuelven. Éste es un ambiente de alegría y de unión, que nos une a todos en los desfiles, las obras, la noche de clown…



Juan José Arbeláez
Esto es muy vacano, mucha gente llega aquí para ver este festival. Lo que más me gusta es que se junta lo más preciado del pueblo en una fiesta que lleva tanto tiempo, donde todos salen a divertirse y nadie se pierde de la comparsa.



Mariola Arango
Yo estoy sorprendida desde que empezó el desfile. Yo no había visto esto jamás ¡Qué espectáculo tan maravilloso! Podría decir que es muy cultural, aquí se encuentran cosas que uno no se alcanza a imaginar, por eso sigo aquí sentada. Yo creo que la gente ve esto con el alma y el cariño más grande, no es sino mirar el gentío que todavía hay.



Juan Pablo Agudelo
Me encanta venir al Gesto Noble desde hace tres años, que me di cuenta que existía. Estuvo súper el carnaval, la coordinación, el trabajo en equipo, hay un esfuerzo de todos los personajes por mostrarnos la belleza del festival.



Lizeth Valencia
He visto la gente muy animada. La comparsa llena de vida y de música alentó a personas de todo tipo, grandes y chicos, y todos sacamos ese lado infantil y carnavalesco que tenemos. Me gustó mucho volver a ver a personajes que he conocido en la comparsa (teatreros), encontrarme con ellos otra vez y tener la posibilidad de recochar un rato.

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño
Artículo para: Periódico El Gesto Noble