domingo, 23 de junio de 2013

Renacer: insistir en la tradición.

Toda mi vida he estado al lado de la cerámica. Vivo de un arte hermoso y muy digno.
Nelson Zuluaga – fundador y gerente de Cerámicas Renacer.

No es fortuito, para el hijo de un artesano, que sus sueños de vida coincidan con una práctica cultural que ha sostenido su familia. Se llega a ser heredero de una historia ligada a la tradición ceramista, sin dificultades, cuando la infancia se mueve entre el oficio del padre y la belleza que evoca la loza decorada a mano en el mismo lugar donde uno vive.
Nelson Zuluaga es evidencia de ello: creció rodeado de arcilla, moldes, tornos, pinceles, esponjas y pequeños hornos; así como de vecinos, familiares y conocidos que constantemente tenían parte de su piel oculta por polvo blanco y sus ropajes manchados, como resultado de la manipulación del barro y la pintura.
Cuando era estudiante, su padre  ̶̶ que trabajaba por esos días en La Continental ̶̶  le enseñó la técnica para hacer los estuches o cajas refractarias donde se guardaba la loza. Había aprendido muy bien la técnica, le habían dado muy buenos consejos para hacerlos a la perfección y le rendía bastante; así que sus vacaciones eran dedicadas a surtir talleres y fábricas que requerían de estos productos.
Siendo estudiante todavía, pasó a trabajar en horarios nocturnos a cerámicas El Progreso y, junto al señor Samuel Pareja, aprendió a decorar a mano las vajillas que allí se producían.
Más adelante, Nelson ingresó a reforzar el equipo de fútbol de La Continental, dado que gozaba de reconocimiento deportivo a nivel local. Fue ésta la puerta de entrada para ingresar a trabajar a la “gran fábrica de cerámica” como operario y, posteriormente, como supervisor de la sección de tornos.
La historia de La Continental está ligada al éxito desbordado de la producción y venta de vajillas de El Carmen de Viboral, fue una empresa que llegó a tener en sus instalaciones más de 500 empleados dedicados a este oficio y se convirtió en un medio de subsistencia importante para los habitantes urbanos de esta localidad antioqueña. Allí trabajó Nelson durante catorce años, hasta que en 1997 La Continental cerró sus puertas debiendo varios meses de salario a todos sus trabajadores.

De trabajador a empresario
Y “como la muerte de unos es el nacimiento de otros”, Nelson, que sabía que la cerámica de El Carmen de Viboral aún tenía mucho por dar y que no se trataba de la producción de loza sino del valor de ésta decorada a mano, emprende un camino por resaltar las diferentes pintas cerámicas (decoraciones) que daban la cara por la tradición local.
De esta manera, se compró una “casita vieja” donde anteriormente se fabricaban plafones; la idea era reutilizar estas instalaciones (acompañado de tres trabajadores más) y montar un taller dedicado a la “reposición de vajillas” de todas las pintas que se vendían en La Continental.
“Habían muchas decoraciones bonitas y en los hogares colombianos abundaban las vajillas de El Carmen, entonces yo pensé que con esto podríamos sostenernos nosotros: haciendo reposiciones, decoraciones de algunas piececitas que le hacen falta a los visitantes, piezas que se les han quebrado, dañado o en fin. Me di cuenta que eso era mentira, uno lo piensa y cuando está vendiendo… la gente empieza a pedir y pedir más cosas, ‘yo quiero el aguamanil, yo quiero un servilletero’; el negocio se crece y uno ni se da cuenta”.
El proceso para adaptar la “casita” a las necesidades básicas de aquel entonces se demoró alrededor de doce meses. Sin embargo, Nelson empezó a visionar el negocio y quiso ampliar las instalaciones (construyó un segundo piso y luego un tercero), quiso contar con un mayor número de trabajadores (actualmente genera treinta y un empleos) y mostrarse como una empresa de cerámica carmelitana con productos de excelente calidad. Entonces recurrió a créditos, préstamos familiares y tocó las puertas de grandes locerías colombianas para acceder a pasta y esmalte óptimo y a buenos precios.
En todo este proceso, un empujón temprano para la empresa naciente fue el pedido que les hicieron para fabricar unos complementos de la vajilla Gourmet, donde Corona hacía las vajillas y Renacer algunos juegos para mesa y demás.
Con el avance del negocio, los pedidos en incremento y la credibilidad que estaba logrando este gestor de la cerámica, mejoraron las condiciones laborales de sus empleados, la empresa y el espacio físico como tal. De nuevo, la tradición ceramista se impulsa con fuerza al mismo tiempo que se renueva y se habla de una identidad en El Carmen de Viboral.
Durante los últimos años en Renacer se ha hecho una apuesta por la innovación. Es así como actualmente Hortensia, Enredadera, Solitaria, Florelba tupida roja y Anturios hacen parte del catálogo de pintas que se trazan sobre las piezas en bizcocho. Además, se cuenta con nuevos productos cerámicos que incluyen botellas de agua, gallina para guardar los huevos, condimenteros, regaderas, entre otros.
Renacer se ha mantenido por la insistencia de su fundador, por la necedad de un ceramista que creyó ver más en este oficio, que no se dejó amedrentar por el constante cierre de fábricas y talleres familiares, ni por la idea generalizada de una tradición en decadencia. Su familia no tuvo más remedio que apoyar e impulsar esta convicción, esas ganas de permanecer en una historia que lo unía al barro, a la decoración de vajillas, al oficio que vivió y le ensenó su padre.

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño
Artículo para: www.ceramicasrenacer.com 

domingo, 12 de mayo de 2013

Mujeres carmelitanas de esponja y pincel



Retrospectiva
La mujer reivindica su papel dentro de la sociedad carmelitana, es madre y esposa conservadora en la mayoría de casos, pero  ̶ desde mediados del siglo pasado ̶  empieza a asumir un rol de mujer trabajadora en un oficio que cobra fuerza y que se impone localmente: se acerca al barro, a la producción cerámica.
Ellas empiezan, entonces, a involucrarse en la fábrica, en cualquiera de los procesos por los que pasa una pieza cerámica antes de estar puesta a la mesa en los encuentros familiares y sociales. Por temporadas las obreras y obreros eran asignados y reasignados en labores de moldeo, tornos, colado, lavado, pulida o empaque de loza. El papel de la mujer en este oficio no era indispensable ni admirable (como en la actualidad), pero fue la manera que varias de ellas encontraron de oponerse a un destino preestablecido que las hubiese obligado a permanecer dentro de la casa; en otros casos, era la posibilidad de mejorar las condiciones económicas del hogar y en el caso de las mujeres viudas era la manera de sacar adelante a sus hijos sin desgastarse al sol y al agua en el trabajo del campo.
Esa fue la puerta de entrada de algunas mujeres  ̶ por lo menos de manera más significativa y numerosa para la época ̶  a la historia de la cerámica: un oficio que cobraba tanta fuerza las necesitaba a ellas, además de las condiciones económicas y sociales cambiantes que las llevaba cada vez, y con más fuerza, por fuera de los predios familiares.
Para algunas mujeres, las técnicas de producción cerámica eran medianamente conocidas, los pequeños talleres familiares que se fueron creando les mostraron el oficio y, algunas mujeres, tuvieron la posibilidad de colaborar en talleres cercanos a sus casas, propiedades del abuelo, el tío o el mismo padre.
Sin embargo, el papel fundamental de la mujer en la historia de la cerámica vendría después, éste va ligado a la decoración a mano de las vajillas producidas en El Carmen, que es lo que hoy en día le da el valor más significativo a este oficio porque es “quien pone la cara por todo el proceso”.

Algunas mujeres: de obreras a decoradoras
“A comienzos de los años 60`s, la ya desaparecida cerámicas La Continental busca generar importancia en la imagen decorada a mano, antes de ello El Carmen había dado pequeños pasos en un universo que no conocía bien. Entonces, don Alfonso Betancur (Gerente de La Continental) comienza una etapa de cambios que tocan los procesos productivos, haciendo énfasis en la decoración. No tenemos certeza de cómo fue su contratación, pero así se hizo: llegaron desde el sur un grupo de seis decoradores que traían consigo ideas que aquí cobraron fuerza, y en un proceso de búsqueda en lo cotidiano nacieron las decoraciones fundamentales de lo que hoy conocemos como la iconografía carmelitana.”, afirma el artista y ceramista José Ignacio Vélez.
A partir de ese momento, inicia un proceso de innovación y creación en el Salón de decoración de esta gran fábrica de cerámica, donde se fijaron algunas de las “pintas” que hoy hacen parte de la tradición carmelitana pero que, en ese entonces, no se nombraban como ahora, es decir, se llamaban de acuerdo al número que ocupasen en el catálogo de decoración que se iba consolidando.
Sin embargo, este salón fue cerrado a causa de una huelga que emprendieron los trabajadores que habían llegado desde el sur, y se dio el espacio para que algunas de las mujeres trabajadoras de esta fábrica (en diferentes procesos) practicaran la decoración algunos minutos al día, puesto que se les consideraba más sumisas, temerosas y vinculadas a su trabajo con afecto.Empezábamos ensayando de una vez en el bizcocho, siempre va a ser más fácil aprender en el plato que en el papel”.* Después de esa exploración, se potenció un vínculo que hoy permanece entre la mujer y la decoración de cerámica: el salón se reabrió con varias de estas mujeres, generalizando la práctica como actividad femenina y posibilitando el hecho de que muchas de sus hijas crecieran viendo como atractivo el embellecimiento del barro.
A estas mujeres, y a quienes aprendieron la técnica posteriormente, las llaman “decoradoras tradicionales” porque tienen en la cabeza todas las decoraciones que surgieron a partir de la época dorada de la cerámica, porque han realizado sus propias decoraciones inspiradas en las primeras existentes y por la manera en que hacen uso de pinceles y esponjas como si fuesen parte de sus propias manos, es decir, por la fusión que existe entre sus conocimientos, sus nuevas ideas y el dominio de los instrumentos que les permiten dar vida y color a las piezas en bizcocho.
Con lo atractiva que se fue haciendo la decoración en la cerámica carmelitana se crea, inicialmente en La Continental, la necesidad de nombrar las “pintas”, es decir, ya no se llamarían de acuerdo al número ocupado en el catálogo de decoraciones, si no que se les daría un nombre particular, como quien da vida a lo que crea para que pueda sostenerse y ganar credibilidad en el tiempo. En palabras de José Ignacio Vélez “algunas de las decoraciones tradicionales se cree que fueron nombradas por Alfonso Betancur (gerente de La Continental) y Olga Ligia Betancur (su hija), como una necesidad urgente (entre otras cosas) de expresarse como otros mercados”.
La pinta “Florelba”, por su parte, era la número 11 de este catálogo, decoración que había sido reinterpretada por la decoradora Flor Elba Vargas y que, en la necesidad posterior de darle vida a esos trazos definidos que conformaban cada diseño, pasó a heredar el nombre de esta mujer.
En todo este proceso de decorar y nombrar, hasta la actualidad, algunas de las pintas heredaron los nombres de otras decoradoras como “Carmelina”, otros nombres se consolidaron por situaciones particulares de la época como la decoración “Saúl” (que se nombra así por un programa televisivo llamado “Saúl en la olla”) y otras que se expresan desde la palabra y desde el diseño mismo como una necesidad de evocar lo local, como el caso de las decoraciones “Carmen”, "Viboral” y “Maíz”.
Finalmente, este oficio es el resultado de una exploración ligada a figuras naturales que involucran flores, hojas, enredaderas, frutos... (Exploración que permanece y que consolida nuevos diseños, nuevos nombres y nuevas decoradoras que hacen parte de la historia local).
El oficio es resultado, además, de la sensibilidad de las mujeres que para la época lograron llevar estas ideas a los platos y continuarlas con el paso y el desgaste de los años. Muchas de las “pintas tradicionales” se han ido transformando sutilmente con el paso del tiempo, con el envejecimiento de estas mismas mujeres: transformaciones que poco a poco involucran las formas, los colores y los tamaños de la mano de cada decoradora y su recuerdo particular de cómo fue en el principio.

*Testimonio de una decoradora. En: Informe de práctica (2012). Elaborado por: María Victoria Portela M.
Fotografía mujer decoradora, tomada por Maria Victoria Portela M.

Artículo publicado el 12 de mayo de 2013 en Opinión a la Plaza: http://opinionalaplaza.com/index.php?option=com_content&view=article&id=124Itemid=181

Artículo publicado el 1 de junio del 2013 en Alternativa Regional: http://alternativaregional.com/mujeres-carmelitanas-de-esponja-y-pincel

Artículo publicado el 5 de junio del 2013 en Inforiente Antioquia: http://inforiente.info/ediciones/2013/mayo-2013/2013-05-20/30450-mujeres-carmelitanas-de-esponja-y-pincel.html

jueves, 9 de mayo de 2013

Un pueblo blanco que otros llamaron ciudad


El extenso paisaje sonsoneño fue, por muchos años, la ruta de colonización hacia el sur del pais, era sitio obligado para llevar la mercancía de la región a otros departamentos colombianos. No en vano se habla de la tradición arriera que heredaron los hijos, nietos y bisnietos de los hombres de finales del siglo XIX que transportaban cerámica, productos agrícolas, comestibles y herramientas de uso cotidiano. Existe allí, además, una historia herrera que no solo cobija las herraduras y monturas de los caballos para hacerlos adecuados medios de transporte, hoy se lleva a objetos de decoración como quijotes y sanchos, recreación de oficios de ciudad y una que otra veladora o candelabro.
Presentamos, en este espacio, algunas imágenes de un pueblo detenido en el tiempo, de un municipio que alberga fachadas de otros días y que se presenta ante los viajeros con una arquitectura prolongada que enaltece su valor patrimonial. Esta acogedora localidad está ubicada en la zona páramo, sin embargo, su condición montañosa recrea los climas más insospechados a pocos minutos de lejanía con el centro poblado.



Ubicado en la plaza principal del municipio de Sonsón, se encuentra lo que fue considerado el “Balcón más lindo de Antioquia” durante la década de los 80`s. Una extensa construcción colonial que actualmente alberga parte de la dinámica cultural de la localidad con los sonidos de la Escuela de Música.



El terremoto del 30 de junio de 1962, derribó parte de la antigua catedral de este municipio construida en piedra o granito sacado de las canteras de Roblalito, una majestuosa obra arquitectónica que fue considerada la segunda mejor iglesia en América Latina a principios del siglo XX. Cuando esta edificación cayó, se construyó una moderna parroquia que es quien hoy da la cara por un municipio fuertemente católico.



La Casa de los Abuelos alberga restos de la tradicional cultura antioqueña con historias sobre el “hueso gustador”, el “pilón del maíz” y el “escupidero” al lado de la cama. Esta casa museo reúne, además, las herramientas de producción y algunos ejemplares de lo que fue el primer periódico de provincia en todo el país: La Acción, fundado en 1918 por la Sociedad de Mejoras Públicas del municipio. El periódico, hasta el año 2008, se producía de manera artesanal en un taller destinado para el trabajo de las hermanas Cárdenas en la Casa de los Abuelos. Lucrecia y Bertha eran las encargadas del proceso manual con el que colocaban “letra por letra” en un juego de fichas móviles que permitía armar las oraciones, párrafos y, finalmente, las páginas completas de cada nueva edición. El periódico aún circula dentro y fuera del municipio, sin embargo, su proceso se ha tecnificado para la facilidad de las generaciones que han heredado su producción y conservación.



Finalmente, presentamos una imagen del páramo de Sonsón, visto desde el monumento de “Cristo Rey”, desde donde pueden verse las construcciones lejanas de la zona urbana de este municipio y, por otro lado, las extensas filas montañosas que alojan la ruralidad escondida dentro de este bosque de niebla.
Esa nubosidad alcanza (en algunos días de frío extremo) la urbe de Sonsón, cobijando las edificaciones, los árboles, los vehículos y los mismos transeúntes. En esos días de frío extremo, Sonsón da la apariencia de pueblo blanco.

Artículo publicado durante el mes de abril de 2013 en Opinión a la Plaza: http://www.opinionalaplaza.com/index.php?option=com_content&view=article&id=114&Itemid=183

Después de la Algarabía (opinión)


Puede ser un asunto de época el evidente desequilibrio emocional, es decir, el resultado de lo que genera un tiempo que por tradición se dedica a compartir con las personas queridas, pero que no necesariamente se cumple al pie de la costumbre. Es, y también es válido, un tiempo para vivir, compartir, conocer y aburrirse. Tiempo libre, al fin y al cabo.
Lo que queda después de estos días, y no lo digo por mí ni por mis cercanos solamente, sino por el montón de rostros que adivino a partir de la “intuición”… lo que queda, lo que veo, es una multitud de tristes, desencantados, inútiles e inmóviles, días en vano, depresión pos alcohol, billeteras débiles y espíritus frágiles (al menos se cumple con alguno de estos síntomas). Algunos, valientes, seguramente fijan sus esperanzas en el año que empieza, esperanzas que no serán de gran ayuda cuando el “año nuevo” esté acabando.
Para los tristes (o las tristes exactamente), para quienes quedan con el ánimo embolatado después de estos días, es que escribo este artículo. Las demás, bien pueden dejar de leer estas líneas, o leerlas y pensar que no es un asunto de ellas, que no les compete, incluso que no es la realidad: sí, puede ser una estupidez y en fin.
Confieso mi lamento por robarme un espacio como este hablando de “banalidades”, pero no quiero escribir sobre cualquier asunto actual menos pasajero; esto es lo que sucede a mi alrededor por estos días y mal haría en hablar de otras cosas. Además, aprovecho que me fue dada una total libertad para escribir, y que mencionando a este personaje -Héctor Abad Faciolince-, puedo causar un dolor de cabeza y herir la búsqueda e intelectualidad de un par de amigos que no lo aprecian nada… Bueno, debo decirlo, yo lo aprecio bastante.
Y para volver a esa situación debilitante, que puede o no ser producto de los días que siguen a la fiesta y la algarabía, al mismo tiempo que intento unirlo a la escritura de una casi mujer (Faciolince) desde la experiencia y el conocimiento que tiene de nosotras, aunque a veces se equivoque, mencionaré que recomiendo para las agotadas de espíritu el libro “Tratado de culinaria para mujeres tristes”, (los hombres ya debieron haber huido de aquí algunos párrafos antes).
Quizás no sea la escritura que recomendaría a las mujeres que tienen la razón tan “avanzada” que han dejado de lado el sentir –déjenme dudarlo-, pero celebro la manera jocosa en que estas líneas nos acercan a la tragedia femenina de todos los días, esta escritura nos infunde un ritual absurdo que no logra apaciguarnos ante el dolor, la culpa, la espera, la infidelidad, los días de ciclo lunar…
Simplemente, y para mí es suficiente, es una burla respetuosa frente a la desdicha. Está bien, no diré que es respetuosa, pero por lo menos acude a un humor negro que disfruto porque me lleva a la risa, a una risa inteligentemente absurda (a mi modo de ver).
Por si alguien tiene dudas, debo aclarar que no es ese tipo de escritura que a “muchos” salva o ayuda. Claro que no, de ser así, quizás lo hubiera descartado con solo saber ese macabro propósito. Se trata de literatura, sin pretenderme experta en el asunto, porque cumple los requisitos que le exijo a una obra literaria y finalmente, a cualquier obra de arte: que tengan la capacidad de involucrarme en lo que se narra, que me permitan identificarme con algún personaje, alguna acción o algunas líneas bien logradas y que, sin solucionarme la vida, me permita ahondar en lo que pasa y lleguen cuestionamientos vagamente inducidos. A una obra literaria, a esta para no salirme del plano elegido, le tengo respeto y aprecio por permitirme pasar las páginas al tiempo que pasaba apartes de vida (recuerdos, instantes y deseos de futuro) de muchas mujeres en diferentes momentos de sus vidas. El libro, como tal, tiene mi aprecio por ponerme trabas desde un lenguaje juguetón y por hacerme sonreír con lo casi ridículo de un “ritual” que se dicta a modo de receta culinaria (para que los hombres “machos” se terminen de excluir de su lectura, de una buena vez).

Artículo publicado el 3 de enero de 2013 en el blog de Opinión a la Plaza: http://opinionalaplaza.blogspot.com/2013/01/despues-de-la-algarabia.html

jueves, 30 de agosto de 2012

Decoración del barro


La decoración de vajillas del Carmen de Viboral se convirtió en un oficio de exclusividad femenina, gracias a las múltiples mujeres que aprendieron a trazar dibujos sobre piezas en bizcocho en algún viejo taller de cerámica. Ellas sobresalieron en este oficio, se convirtieron en una parte fundamental de la historia de la cerámica y muchas de ellas continúan decorando.
Creadas las fábricas y talleres de antaño, se introdujo la decoración del bizcocho para hacer productos, además de útiles, atractivos. La intención era contar con objetos estéticos para el uso cotidiano.
Las técnicas de decoración fueron variadas, iniciando con el uso del pincel y las esponjas marinas. En otras épocas se utilizaron moldes de cartón y cartulina para hacer las flores de manera medida: proceso de decoración en serie. Otras empresas utilizaron calcomanías que fijaron al producto en bizcocho. Sin embargo, se retornó a la decoración manual y las artesanas experimentadas tuvieron libertad sobre la pieza de barro.
Las decoradoras pintaron figuras naturales que inspiraron las pintas tradicionales, actualmente trazadas en platos, tazas, pocillos y demás utensilios. También se habla de decoración con motivos indígenas y tropicales por los años 30´s, a cargo del señor Pepe Mejía, como una manera de retratar elementos propios del entorno.
Cuando la empresa de cerámica La Continental quiso desechar el uso de calcomanías, se abrió un salón de decoración “manejado por unos siete hombres”, según cuenta Consuelo Arias, decoradora de profesión. Sin embargo, el salón fue cerrado a causa de una huelga que emprendieron estos personajes, época en la cual se permitió que varias mujeres de la fábrica practicaran la decoración algunos minutos del día y, posteriormente, el salón se reabrió con varias de estas mujeres, generalizando la decoración como actividad femenina.
Anteriormente estas pintas no tenían nombres, solamente se determinaban de acuerdo al número que reposara en sus catálogos de decoración. Florelba, la pinta azul cobalto, era la  número 011 en el catálogo de La Continental. De ésta se dice que fue una muestra que trajo algún comerciante al municipio y se reelaboró a manos de la decoradora Flor Elba Vargas, hasta convertirse en lo que es ahora: “capullos de agujitas puntiagudas”, en palabras de Consuelo Arias.
La lista de decorados básica, en aquel entonces, incluía también las pintas Primavera y Saúl (012). Guillermo Rendón, quien llegó como jefe de ventas a La Continental, fue quien inició el primer almacén de artesanías y puso nombres a éstas y otras pintas, que se convirtieron en las tradicionales.
Doña Consuelo, quien actualmente decora en Artesanías AZ, fue quien diseñó las pintas Aguamarina, Floral, Dalia, Camelia y Lucía, a esta última pinta, que mezcla el azul turquesa y el naranja, la llamó por el nombre de su madre. Para Consuelo “una pinta fea es la que se ve como triste”, por eso ella va componiendo sobre la marcha, agregando color con sus pinceles y, en el mismo plato, va dando formas cuando de crear nuevas pintas se trata.
Los diseños que van surgiendo hacen parte de un proceso de experimentación: combinación de colores, formas e imaginación. Muchas de estas piezas de barro, con sus trazos y colores exclusivos, se han hecho objetos hermosos e inimitables.
Así como Consuelo, muchas otras decoradoras, en diferentes talleres o fábricas, recogen las piezas luego de la primera quema en el horno, las desempolvan, hacen la prueba del timbre, las clasifican y pasan a decorarlas con sus propias manos, haciendo uso de pinceles, esponjas y alguno de los colores que disolvieron en agua.

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño

Las vajillas de El Carmen de Viboral


Un pequeño y rústico taller de cerámica albergaba, hasta hace un par de años, gran parte de la historia de esta práctica artesanal en El Carmen de Viboral. No solo tenía importancia la manera tradicional como se producían las vajillas de barro en El Trébol; además, era valioso el conocimiento y las anécdotas de otros días narradas por don Clemente Betancur. Allí, este ceramista de profesión contaba viejas historias a quienes visitaban su taller…
Las grandes fábricas, durante la época dorada de la cerámica, incluyeron todo el proceso de transformación de la materia prima, contaban con grandes cunetas, fuentes de agua, molinos y varios obreros involucrados en una y otra parte del proceso.
La arcilla reposaba en tanques de agua, las piedras como el feldespato y el cuarzo se trituraban y afinaban con la intensión de pulverizarlas. Así, se tenían grandes molinos de madera, que aunque rústicos, lograban transformar estos minerales en polvo blanco.
Después se combinaba el fino polvo y la arcilla en pocas cantidades de agua, y se amasaba con el ánimo de obtener una mezcla pura y consistente. Con el paso de los años, don Clemente y los demás artesanos empezaron a comprar la pasta lista porque facilitaba el trabajo, los talleres podían ser más reducidos y el barro traído era de mejor calidad. Las demás etapas del proceso continuaron siendo las mismas de antes, sin dejar a un lado el saber tradicional con el que contaban los ceramistas.
Para darle forma al barro, los artesanos recurren a dos procesos de moldeado, uno de ellos hace uso de la mezcla en estado líquido, que es vaciada a moldes de yeso hasta que seque completamente. El otro proceso trabaja la pasta en estado sólido, que es depositada en moldes donde empieza a girar el disco del torno y a dar forma a platos hondos, tazas y pocillos.
Así son obtenidas las piezas en crudo, dejadas en lugares aireados sobre estantes de madera. Posteriormente el artesano pule, limpia y deja listas las piezas de barro para la primera quema o cocción en bizcocho, como se le llama tradicionalmente. En este proceso, las piezas son llevadas al horno durante algunas horas, mientras el artesano experimentado hace control de la temperatura y la cantidad de carbón suministrado, de una manera rústica: a ojo. Cuando el horno se apaga, las vajillas se dejan en enfriamiento durante 48 horas.
A continuación llegan las mujeres decoradoras a estos talleres, expertas en trazar pinceladas coloridas que van dando alegría a cada pieza de barro. Luego, cada producto se sumerge en tanques de líquido blanco donde se esmaltan y adquieren una cubierta impermeable que, además, le da brillo a cada recipiente. Así, se llevan nuevamente al horno para la segunda y última quema.
Al terminar el proceso se hacen algunas pruebas de calidad, como el timbre, para lo cual es indispensable que los artesanos tengan buen oído y puedan definir el tipo de golpe. “Si el golpe es seco, significa que hubo problemas en la cocción”. Finalmente, los artesanos empacan las vajillas y las llevan a la venta. Anteriormente, estos productos se transportaban en guacales de madera y paja y se vendían con la ayuda de algunos pregoneros en pueblos cercanos. Ellos, con voces encantadoras y el tono picaresco propio de los pueblos antioqueños, se robaban la atención en las tradicionales ferias. 

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño

Historia de la cerámica en El Carmen de Viboral


Corrían las últimas décadas del siglo XIX, cuando el señor Eliseo Pareja llegó a El Carmen de Viboral y descubrió la riqueza de la región en feldespato y cuarzo, minerales necesarios para la fabricación de piezas cerámicas. Sería este personaje el fundador de la primera fábrica “Locería del Carmen” y el forjador inicial de una tradición de más de 110 años.
Eliseo Pareja, acompañado de Lisandro Zuluaga, provenían de la locería de Caldas donde trabajaban como operarios, ellos estaban en búsqueda de un lugar donde asentarse, ruta que los llevó a El Santuario y, posteriormente, al municipio donde le dieron vida a sus piezas cerámicas desde el año 1898.
Con el paso del tiempo comenzaron a establecerse nuevas fábricas de loza y algunos talleres en predios familiares, tanto así que en el año 1987 se contaban con 27 establecimientos dedicados a la producción de vajillas del Carmen de Viboral.
Fue de esta manera como algunos carmelitanos se hicieron cercanos a la arcilla, la fábrica, a los molinos rústicos con los que se generaba energía para procesar la materia prima y a la manera primitiva como se producían estas piezas de barro. Algunos artesanos recuerdan los largos trayectos por caminos reales, con pocillos, platos y tazas a lomo de mula, dirigiéndose a Sonsón y como destino final al centro del país.
A finales de la década de los 80´s, la fábrica de cerámica La Continental comenzó un proceso de exportación que aceleró su éxito y reconocimiento. Las vajillas del municipio llegaban a todo el país, se sabía del oficio de los ceramistas, se destacaron algunas de las pintas plasmadas por las decoradoras y se hablaba de más de 2000 familias que sobrevivían gracias a la producción de loza.
Sin embargo, a mediados de los 90´s disminuyeron significativamente los encargos de vajillas como resultado de la apertura económica (con la que ingresó cerámica al país a bajos precios) y el uso de materiales de plástico como utensilios cotidianos de cocina. Finalmente, estos factores provocaron que numerosas fábricas y talleres cerraran sus puertas.
Así finalizó lo que algunos llamaron la época dorada de la cerámica. Sin embargo, quedaron algunos talleres familiares que resistieron por el amor que profesaban los artesanos a la transformación del barro y porque todas sus vidas habían sido dedicadas a este oficio. Continuaron motivados por los recuerdos de otros días.
Cuando se pregunta por alguna vieja fábrica de loza, aparecen nombres como La Moderna, La Continental, El Cóndor, La Júpiter, entre otros. Algunos carmelitanos más, mencionan el recuerdo de carreteras veredales invadidas por recortes de loza en bizcocho, sin pintura ni esmalte: “las calles de Campo Alegre –dicen– tenían una apariencia blanca”.

Producción y redacción: Marisol Gómez Castaño
Artículo para: http://www.delcarmendecor.com/