Mientras van tomando algunos sorbos de café y manzanilla, don Gildardo Soto y don Mario Betancur, habitantes de El Carmen de Viboral, recuerdan lo diferente que era la plaza de su pueblo…
Por Marisol Gómez, Natalia Soto y Lizeth Ramírez.
Los domingos, sin duda, eran los días de mayor venta. Desde temprano se veían llegar en procesión, por las ocho calles que conducían a la plaza, las innumerables carretas atiborradas de todo tipo de mercancías y algunos arrieros provenientes de veredas lejanas. Cada comerciante madrugaba a instalar su puesto de trabajo en el sector dispuesto para sus productos, pues todos contaban con un espacio fijo para sus ventas.
Hasta hace 13 años, el centro urbano de El Carmen de Viboral era una típica plaza de mercado llena de toldos armados con lonas, madera y cabuyas, o simplemente con telones extendidos, que albergaban todo cuanto se necesitara para vivir y hasta un poco más; allí no solo se podían encontrar alimentos propios de la región, sino también ropa, calzado, juegos de azar, flores, accesorios, útiles, pomadas, y la atractiva venta de animales como cerdos, gallinas, gatos, perros… y mucha diversión.
Tanto vendedores como compradores, incluidos los turistas quienes eran los más admirados con tanta variedad y creatividad, se reunían en ese lugar para negociar, pues era el único espacio en el municipio donde se concentraba todo el comercio y la dinámica social. Los niños carmelitanos jugaban a correr entre los toldos amontonados de los vendedores, mientras sus padres hacían el mercado de toda la semana.
Y es que en aquella época escaseaban las tiendas de barrio, los almacenes y por supuesto los supermercados, pues la gran plaza de mercado, que contaba con más de 100 toldos, era el lugar más concurrido y preferido por los carmelitanos, tanto del área rural como urbana. Ese resultaba ser el plan favorito de todas las familias que recorrían desde temprano y durante todo el día, cada uno de los toldos dispuestos alrededor del parque principal.
Los negociantes ya eran conocidos por los habitantes del municipio, los cuales, por sus formas peculiares de ofrecer los productos, se convertían en personajes típicos. Los pregoneros, los culebreros, los adivinos, eran los que más atraían al público que visitaba la plaza por la manera jocosa y picaresca de vender. Algunas de las frases más comunes eran: “¡eh avemaría pues! tome y lleve florecitas de alelí para ella y para mí”, y también “florecitas de Marbella para regalarle a ellas”, “y aquí viene la culebra margarita con su baile de doncella, que les trae las pomadas resucita muertos, benditas para la cura de todos los males”, “venga señora yo le leo la mano, tendrá suerte mucha suerte”.
Un enjambre de gente, entonces, se aglomeraba alrededor de estos vendedores, que siempre tenían algo novedoso y atractivo que contar y ofrecer, y ahí era donde la venta se mostraba como un juego de pedir y regatear.
Pero ellos no eran los únicos protagonistas de aquella pintoresca zona de tire y afloje. Los famosos ciclistas, que se la pasaban todo el día dando vueltas al rededor de la plaza sin parar, también eran toda una novedad, lo mismo que las panelitas y boquediablos de don José García y los jarabes de don Emilio Castaño que reemplazaban las gaseosas, pues ambos productos eran elaborados con fórmulas secretas. Don Rubén Castaño, también hacía parte de este comercio municipal.

Más de dos décadas dentro del comercio municipal
Don Rubén Castaño es un hombre que durante 23 años ha sido un vendedor reconocido de tomates, mangos, tubérculos y otro tipo de frutas y verduras en el municipio. Comenzó con este oficio desde muy joven, luego de haber trabajado en diferentes tierras con la chatarra, las legumbres y los buñuelos; todo porque en su casa, según él, no quisieron darle estudio, aunque bien pudieron hacerlo.
Al regresar a este municipio, don Rubén encontró el amor con Martha Espinoza, una morena de voz dulce y carácter amable, con quien tuvo cuatro hijos: Diego, Jorge, Juan Carlos y Natalia. Poco después, y con el afán de sostener a su familia, este hombre cívico y participativo en las discusiones políticas que se daban en ese entonces, recibió un préstamo de un proyecto llamado Programa de Desarrollo Rural Integrado (DRI), para trabajar la agricultura y construir su casa.

Allí vivió durante catorce años, hasta que se vio obligado a venderla. Fue una época muy dura para él y su familia, así lo revelaron sus ojos verdes que se fueron haciendo vidriosos. “Me quedaron 200.000 pesos y yo nunca había trabajado en esto, pero como yo he sido programado para trabajar, comencé comprando plátanos, legumbres, papas y tomates en Rionegro”.
Por eso, don Rubén reconoce que llegó a este trabajo de forma accidental, y poco a poco fue cogiéndole amor al oficio. Con su puesto de frutas no sólo logró levantar a todos sus hijos, sino que se convirtió en doliente y testigo de la transformación del municipio a través de la reubicación de la plaza de mercado desde hace casi 13 años.
De la gran Plaza a la Placita de Mercado
El 22 de octubre de 1997 el alcalde de la época, Alpidio Betancur, comunicó a los comerciantes que en los tres días siguientes debían desalojar el parque principal. Ese típico mercado al que los carmelitanos estaban acostumbrados debía cambiar de lugar y forma para dar cabida a la Ley 388, del mismo año, sobre el ordenamiento territorial; el espacio público dejaría de ser invadido por las ventas provisionales o estacionarias y los comerciantes debían aceptarlo, la comunidad tendría que adaptarse también a ello.
Los comerciantes recibieron con sorpresa la medida que se quería imponer desde la Administración Municipal, y se opusieron a ella, puesto que no hubo una sensibilización previa ni un plan que le diera garantías a este sector. Sin embargo, el gobierno de la época quiso facilitar este proceso de desalojo enviándoles un equipo de trabajo: “hay carros, hay volquetas y trabajadores para que se lleven de aquí los toldos y las mesas, ustedes verán para dónde”.
Los comerciantes se negaron a salir del parque puesto que no se les ofrecía un espacio apto para desempeñar su oficio. La propuesta que se hizo, inmediatamente después, fue la de trasladarlos al Centro de Acopio, que estaba destinado para la concentración de los productos agrícolas que cultivaban los campesinos del municipio; los comerciantes manifestaron su desacuerdo porque sentían que ese lugar no les pertenecía y llegarían a invadirlo, además, su ubicación no los favorecía al alejarlos del centro municipal.
La medida estaba desesperando a los comerciantes que se sostenían de las ventas en la gran plaza, sus familias ahora estarían pasando necesidades ¿A qué más podrían dedicarse? En medio de la premura por trasladarlos, se les ofreció provisionalmente una zona contigua al Palacio Municipal, que era utilizada como almacén de depósito administrativo. El espacio era reducido pero central.
Fue así como el 25 de octubre se convirtió en un lunes inolvidable para los comerciantes carmelitanos, pues algunos de ellos se trasladaron a la Placita de Mercado y fueron ubicados según la distribución de la que gozaban en el parque principal. Sin embargo, muchos de ellos se quedaron por fuera; en la Placita pudieron ubicarse solamente cuarenta.
La zona estaba sin entechar y con problemas de higiene, los comerciantes se vieron obligados a reclamar ante la administración, puesto que venían de la intemperie a la intemperie; la infraestructura se adecuó 15 días después de que los comerciantes estuvieran trabajando allí.
El Concejo Municipal, para llegar a acuerdos y comodatos, ayudó a los comerciantes a conformar la asociación que estaría sustentada desde la legalidad con estatutos, reglamentos, funciones, personería jurídica; según Libardo Montoya, secretario de gobierno de la época, se hizo acompañamiento para que legalizaran la Asociación de Comerciantes que desde entonces está bajo la coordinación de Rubén Castaño.
Para este vendedor de camisones largos y sucios de tierra, el cambio de lugar trajo muchas desventajas. Por un lado, se redujeron las ventas al ser un espacio cerrado al que la gente recurre sólo cuando necesita algo específico. Además, los impuestos son costosos comparados con otras plazas de mercado y mucho más con lo que se pagaba en el parque principal. Actualmente cada comerciante paga 72.100 pesos mensuales, más el recibo de acueducto y alcantarillado, que deben pagarlo entre todos.
Estas situaciones han generado que la Asociación de Comerciantes se vaya extinguiendo, porque no se sienten muy apoyados por parte de la Administración Municipal.
Sin embargo, no todo ha sido malo, lo positivo de esta sede (además de recuperar el espacio público), según el coordinador de la Asociación, es que ofrece más seguridad al comerciante, pues anteriormente debían “retirar la mercancía de los toldos y amontonarla en cajones forrados en plástico”, para evitar que algunos pícaros se robaran sus productos.
Ese mercado, que muchos comparaban con el persa, era parte de la tradición de los carmelitanos y estaba en el imaginario de turistas que veían con ojos de encanto la concentración en la plaza principal; no obstante, esa puesta en escena, hoy no es más que un bonito recuerdo.
El comercio se expandió por todos los rincones del municipio
El parque principal ha perdido su colorido y se muestra actualmente como un lugar sobrio que ya no alberga aquella tradición que durante años caracterizó la vida de los carmelitanos.
Por su parte, aquellos comerciantes que quedaron inconformes con el nuevo espacio asignado para las ventas, decidieron someterse al rebusque y montar sus propios negocios. De hecho el comercio de El Carmen de Viboral dejó de tener un centro, para extenderse y distribuirse por los diferentes barrios del municipio.
Sin embargo, no todos tuvieron el dinero en sus bolsillos para buscar un local o acondicionar un espacio en sus casas y ofrecer los productos. Muchos tuvieron que utilizar sus carretas como puestos de trabajo e instalarse en las diferentes calles y carreras más transitadas por los habitantes de este pueblo ceramista. Así fue como aparecieron los famosos vendedores ambulantes que se ubicaron en cada esquina para tratar de sobrevivir.
Ante este nuevo problema de espacio público, el alcalde municipal actual, Joaquín Darío Duque, aún no ha podido tomar las medidas suficientes para dar soluciones y tratar de reubicarlos. Este fenómeno se extiende de forma acelerada cada vez más, por lo que hace mucho rato se le salió de las manos a la Administración. “En el municipio hay poca cultura del negocio, la gente pone y luego legaliza. Por ahora no se ha podido hacer nada, pues los vendedores ambulantes viven de eso. Hay que mirar cómo se reubican”, son las palabras del Alcalde municipal.
Mientras tanto, los vendedores son quienes sufren por la incertidumbre de no saber hasta cuando puedan estar en ese lugar que han tomado como su refugio, además sienten temor de que en cualquier momento funcionarios públicos se lleven su mercancía. Si no se han tomado esas medidas es “por lástima”, según dice el Alcalde Joaquín Darío Duque.

En primer lugar, las administraciones no han estado muy interesadas en darle impulso al pequeño comerciante, porque no se le da prioridad a las ideas de crear o adecuar un espacio amplio, como se les prometió, que resuelva las necesidades de este gremio, puesto que requieren una ubicación permanente, higiénica y con posibilidades de expandirse e involucrar a más comerciantes.
Desde hace 13 años se tiene un proyecto de construcción para la plaza de mercado, a dos cuadras del parque principal, en un lugar amplio que anteriormente era una fábrica de papitas Crujipapitas, pero “ha faltado voluntad política y mano firme” según Libardo Montoya, quien actualmente es concejal municipal.
Por lo pronto, los comerciantes reciben, constantemente, advertencias de que deben desalojar el lugar que les fue asignado en comodato, puesto que la administración dice necesitarlo para otro tipo de actividades. Los vendedores se han apropiado de este espacio al llevar más de una década de trabajo allí, por lo que se ha generado un nuevo conflicto alrededor de la ubicación de estas personas, que se sienten cada vez más desprotegidas.
Género: Reportaje. Junio de 2010.

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