Con la calidez propia del adulto mayor, que es como la ternura de los niños, los ancianos reciben a quien esté dispuesto a escucharlos y seguirles el juego de palabras y gestos que ellos dominan muy bien.
Por Marisol Gómez.
El Centro de Bienestar del Anciano San José, es el lugar donde converge una pequeña parte de la población adulta mayor de El Carmen de Viboral (37 personas), quienes reciben los cuidados de alguien ajeno a su familia que se ha convertido en una bondadosa mano amiga. El centro cumplió 64 años de trabajo al servicio de la población mayor del municipio.
En la tarde del domingo, sentados frente al televisor, están cuatro ancianos con sus trajes en tonos apagados y rostros serenos, a la espera de alguna visita que llegue con dulces o monedas. Cuando entra algún visitante, inmediatamente sus miradas se dirigen hacia él, como para identificarlo; luego esas miradas vuelven a trasladarse al televisor.
Mientras tanto, otros ancianos que se encuentran en el patio interior parecen perdidos en sus pensamientos, con la mirada fijada en la lejanía como si se evocara el recuerdo; los demás ancianos dicen al respecto “es que ese no es del todo completo”, como para que no se le preste mucha atención.
A pesar de la enfermedad de algunos de estos longevos, hay quienes con su manera de ser quieren robarse la atención del nuevo visitante. Carmen Tulia Calderón quien cuenta en sus dedos para poder decir su nombre completo, es quien recibe las visitas con abrazos, sonrisas y dificultad para hablar, ella cuenta algo de su enfermedad por dentro y de la operación que deben hacerle.
Cada suceso allí es un asunto que se comenta en los pasillos, y las noticias que se escuchan van desde que “Luis está enfermo y no quiere almorzar”, hasta que el algo “es arroz con leche y no se puede desperdiciar”; son preocupados por lo que pasa en ese pequeño mundo de contemporáneos donde cada asunto se convierte en una suceso que todos deben conocer.
Sin embargo no se olvidan de lo que pasa afuera. Ángela Zuluaga, una de las mujeres más lúcidas de aquel lugar, hace referencia a su familia y dice que “no se queda en casa" porque no tiene “con quien vivir”, además allí se entretiene conversando con sus cercanos y leyendo la biblia que tiene en sus manos. No obstante, en su discurso se evidencia la nostalgia por estar lejos de sus hijos y nietos, y por no ser la mujer fuerte y trabajadora que era antes, cuando hacia campañas políticas y vendía alimentos que sembraba en su casa.
A las 2:30 de la tarde suena la campana que llama a los abuelos (que todavía pueden caminar) a tomar el algo, un arroz con poca leche que parece satisfacerlos. Los ancianos que se encuentran enfermos en sus habitaciones esperan a que llegue la “hermanita morena”, como llaman a Glenis Moreno por el color de su piel, con los alimentos y las respectivas medicinas.
Luego de tomar el algo, la hermanita morena llama a los ancianos que están en el patio para rezar el rosario. Todos acceden y se sumen en un momento de fe que realmente disfrutan.
Al mismo instante, en una de las habitaciones decorada con imágenes de la Virgen de El Carmen y un divino niño como muestra de su fe en Dios, se encuentra Laura Roza Alzate quien, a pesar de su ceguera, cuida de su compañera de habitación: Angélica Zuluaga, comentando que sus dedos son el reemplazo de la vista con la que no nació.
Laura se mueve por todo el centro como si realmente pudiera ver, con un dominio total de sus pasos y acciones. En la habitación escucha la radio, pero no tiene reparo en apagarla para hacer lectura en voz alta de los versos y otras cosas que escribe en alfabeto Braille. Laura hizo lectura de las estaciones del viacrucis que le dictó la “hermanita morena” la semana pasada.
Este centro del adulto mayor se ha convertido en el hogar de muchos de los ancianos y es por esta razón que no temen apropiarse de cualquier rincón insospechado que extrañamente da sosiego y felicidad, pues no siempre están en la habitación, ni en el patio, ni en el comedor… hay quienes se la pasan dando vueltas por los corredores del lugar, mientras otros recorren las demás habitaciones.
A parte de esto, algunos de los ancianos que son más lucidos, salen a recorrer algunos lugares del municipio en las horas de la tarde, por eso algunos de ellos pueden verse sentados en las bancas del parque principal recibiendo el sol; Rebeca Giraldo, la directora de este centro, comenta que quienes salen de allí tienen restricciones con los horarios, deben llegar a las 5:30 de la tarde.
La mayoría de los ancianos tienen serios problemas para hablar y no pueden valerse por sus propios medios. Sin embargo allí hay todo un juego de símbolos que ellos mismos han establecido y entienden cuando alguien quiere irse a su cuarto, entrar al baño, preguntar algo o cuando necesita que alguien vaya a ayudarlo.
La institución intenta subsidiarse con la mensualidad que se paga por los ancianos que va desde 300 mil hasta 420 mil pesos mensuales. Sin embargo, hay 17 ancianos que no pagan nada por las pocas posibilidades económicas de sus familiares; ellos no generan ingresos para esta comunidad.
La población carmelitana se ha sensibilizado con la condición económica del centro con aportes económicos, alimentarios, medicamentos y elementos de aseo. También se ayudan de los ingresos de la sala de velación La Resurrección, la Capilla El Asilo y la serenata anual a favor del centro. La Administración Municipal hace un contrato con este centro, 14 millones de pesos anuales que no resultan suficientes para atender las necesidades de este sector.
Las pocas posibilidades económicas del centro se hacen notorias en su misma infraestructura, aunque este centro es ordenado y limpio, algunas paredes están muy despintadas y un par de partes del techo están caídas.
Pese a esto, los abuelos del Centro de Bienestar dicen sentirse bien allí, les parece un lugar cálido así estén lejos de sus familias, pues allí se sienten acompañados. “A uno se le va el tiempo aquí o en la capilla rezando” comenta Laura Rosa Alzate, quien además agrega que “no podría estar mejor en otro lugar”; eso sí, le gusta mucho que la visiten, y cada que habla con algún visitante lo invita a que vuelva pronto.
Pese a ser el domingo el día especial para las visitas, al final de la jornada sólo una pareja se encuentra conversando con una de las ancianas a quien ellos llaman mamá. Los demás ancianos pasaron el día bien arreglados para ir a misa, pero no para recibir a sus familiares, que como muchos ancianos dicen: “se han olvidado de mí”.

Gémero: Crónica. Abril de 2010.

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