Después de cada guerra alguien tiene que limpiar. No se van a arreglar solas las cosas, digo yo…
Wislawa Szymborska.
Luego de regarle agua a las plantas que cuelgan de las vigas de su casa y a las que rodean los muebles de la sala, Mauricio va al patio por la trapera para secar el líquido que sale de las materas.
María Consuelo, su madre, está fuera de casa, salió a visitar a su familia que vive en Montería, dejando al cuidado de su hijo menor las plantas, que se secan con los días soleados de esta época, y los tres gatos que parió la gata. A sus 61 años, esta mujer tiene varios achaques con la presión, pero conserva el vigor que le permite moverse de un lado a otro, ir a cuanta reunión tenga de víctimas, de mujeres y de los productos por catálogo que ofrece. Según Mauricio, ella no goza de tranquilidad para conversar sobre su pasado, recordarlo e intentar hablar hace que rompa en llanto y por eso lo evita.
El joven, de 21 años, refleja en su personalidad la madurez de quien tuvo que hacerlo a la fuerza, pero salió bien librado, sus sueños siempre estuvieron por encima de los de cualquier niño acomodado que cree que lo puede todo. Esos sueños, que fueron tejiéndose en su imaginación, ahora se reflejan en un desempeño académico destacado, en una tecnología ya terminada y en una carrera en Administración de Empresas que empezó este año, además de su activa presencia en grupos juveniles. El joven heredó de su madre la estatura mediana-baja, cara redonda, ojos grandes y cejas pobladas.
Años atrás vivían en una finca ubicada en el corregimiento La Chapa, donde transcurrieron la infancia y la adolescencia de los siete hijos de María Consuelo. En el año 2001 la familia se vio obligada a abandonar su vida campestre buscando tranquilidad y seguridad en el pueblo.
La casa donde ahora vive Mauricio, su madre y su hermano Huber, está ubicada en Las Manguitas, un barrio cercano al parque principal de El Carmen de Viboral, “es humilde, pero es propia — menciona Mauricio — y con eso es suficiente”, algunas de las paredes dejan ver el ladrillo, el piso está desgastado, pero es el hogar que pudieron construir y la sensación de tranquilidad allí vale más que cualquier otra cosa.
2.1 La finca de la familia, mucho antes
El corregimiento La Chapa está ubicado hacia el sur del casco urbano del municipio de El Carmen de Viboral, en el Oriente antioqueño. No toma más de media hora llegar allí por una carretera empedrada para disfrutar de sus paisajes, su verde profundo, las viviendas campesinas y las ruinas de las empresas de cerámica que estuvieron asentadas en la zona.
En el siglo pasado, esta zona fue la cuna de importantes empresas de cerámica como La Continental y La Júpiter, que contaron con gran cantidad de personal en sus instalaciones. La mayoría de la población carmelitana se sostenía de la producción de la loza, con talleres familiares y con los salarios de las grandes fábricas que existían, fue así como el municipio logró distinguirse por el oficio y la decoración de loza.
La Continental fue la empresa donde trabajó por varios años María Consuelo, cuenta Mauricio, mientras recuerda las historias que le narraba su madre. Cuando estaba soltera, era ella quien preparaba la pasta arcillosa, haciendo el lavado, mezclando y amasando, daba forma al barro y lo dejaba listo para sus posteriores procesos. Con la elección de unir su vida a la de Fabio Gallego y ser madre dedicada al cuidado del hogar, María Consuelo abandonó su oficio dentro de esta fábrica, pero se quedó viviendo en una finca cercana a sus instalaciones.
La casita donde vivía la familia era de piso rústico, solamente de adobe, pero pintado, muy colorida como la mayoría de fincas en el campo, era amplia y tenía su buen zarzo, su fachada daba a un prado con árboles frutales, y la parte trasera a la carretera principal.
Entrando la década de los noventa, la mamá de Mauricio volvió a La Continental. Este regreso iba de la mano con su viudez, debió valerse de su pujanza campesina para levantar siete hijos nacidos en su matrimonio con Fabio Gallego, quien murió de cáncer en el estómago, dejando a Mauricio con sólo 28 días de nacido.
Ángela, la hija mayor del matrimonio, entró a trabajar con su madre a esta fábrica, mientras Diana cuidaba a los niños y hacía los oficios de la casa; los dos hijos varones que estaban más grandes, Wilson y Walter, estudiaron en las noches y en el día se dedicaron a la agricultura, jornaleando con sus vecinos cercanos, para ayudar con la economía de la casa. Wilson también recurrió al trabajo con carro-coches de carga.
Mauricio recuerda que veía poco a su madre en la infancia; de vez en cuando llegaba a ayudarle con las tareas de matemáticas, pero sobre todo tiene “la imagen de ella durmiendo de día”, porque cumplía horarios nocturnos en La Continental y debía trabajar horas extras para mejorar la calidad de vida de la familia.
En 1997, los directivos de esta empresa empezaron a quedarle mal a sus empleados con sus salarios, se dieron las primeras huelgas y, posteriormente, el cierre de una fábrica que empleaba a más de 500 trabajadores. Ésta se quebró por la entrada de la loza China que era mucho más económica que la producida en el municipio y por la masificación de los utensilios de plástico.
Al tiempo de quiebra de la empresa, María Consuelo empezó a trabajar en una finca cercana donde hacían arepas, los horarios nocturnos que a veces tenía la obligaban a llevarse a sus hijos más pequeños y laborar mientras les velaba el sueño. Más adelante, se acabó el trabajo en la fábrica de arepas y María Consuelo se dedicó a las labores domésticas: cuidaba sus gallinas, dos caballos que tenían, ordeñaba las vacas y salía todos los días al pueblo a vender la leche.
Mauricio fue creciendo dentro de un hogar unido que disfrutaba los días domingos para compartir con sus parientes, ir al pueblo y almorzar donde alguna tía. En semana, además del estudio, llegaba el juego con sus primas que vivían cerca, caminatas por la vereda hasta alguna tienda, subidas a los árboles o el refrescante baño en el riachuelo que había cerca a su casa.
La Escuela de La Chapa fue la institución que ofreció la primaria a Mauricio y a la mayoría de sus hermanos. Una institución rural que gozaba de privilegios por su extensión, su moderna infraestructura y por tener en su jardín ruinas de la fábrica de cerámica La Júpiter.
Cuando la zona era más tranquila se armaban las parrandas en las fondas de la vereda, donde concurrían jóvenes de todos lados a tomar aguardiente, jugar billar, bailar y conversar un rato. “Mis hermanos mayores participaban mucho de estos encuentros —recuerda Mauricio— y mi madre no se molestaba porque todo era muy sano”.
2.2 Los hermanos mayores
La Chapa se había convertido en paso obligado de campesinos que vivían en las zonas más alejadas de la localidad; también comunicaba a El Carmen de Viboral con el municipio de La Unión por extensas zonas montañosas donde empezaron a operar grupos armados ilegales.
A finales de los años noventa empezaron a verse los primeros paramilitares en el corregimiento. “La gente mayor hablaba de personas extrañas que pasaban por las carreteras en camionetas y cogían montañas arriba, hacia La Unión”, rememora Mauricio.
Primero vino el temor, que hasta entonces era lejano para los campesinos, pues les generaba susto ver hombres armados en camionetas lujosas, que exhibían sus armas como señal de una abierta amenaza, además de sus rostros intimidantes. Las salidas empezaron a hacerse más limitadas por la presencia de hombres armados; los habitantes de La Chapa permanecían más tiempo en sus casas, temían estar en el sitio equivocado y en el momento equivocado, temían por sus vidas. Luego comenzaron los asesinatos, mataban porque sí en varias veredas del municipio y no era raro que se dieran entierros colectivos, dos o tres personas para sepultar en un día, y varios funerales a la semana. La guerra estaba cobrando las vidas de vecinos, familiares lejanos, conocidos…
La noche del 6 de noviembre del 2000 asesinaron a Wilmar Alexander, un joven de 16 años que ocupaba el quinto lugar, de 7 hijos, en la familia Gallego Arcila. A María Consuelo le llegó el rumor del asesinato de su hijo, junto a otro vecino, en una zona conocida como Quiebrapatas, a pocos minutos de la vivienda familiar. El relato que contaban los vecinos de lo sucedido explicaba que “llegaron hombres armados en una camioneta y obligaron a los jóvenes a ponerse contra el suelo”; mientras ellos obedecían, acabaron con sus vidas.
María Consuelo y sus hijos entendieron de manera brusca que el conflicto había tocado sus puertas con la dolorosa noticia que habían llevado sus vecinos y el rumor desatado sobre la responsabilidad de los paramilitares al mando de Ramón Isaza en este hecho.
Después vino el entierro, los días de novena y las visitas al cementerio, porque debía despedirse bien al hijo y hermano arrebatado. Dos meses después, ante el miedo que se había agudizado mucho más, la familia de Mauricio decidió no volver a dormir en la casita de La Chapa. En ese lugar seguían sus vidas, sus pertenencias, pero la noche lo transformaba todo y había temor, así que emprenderían dos caminadas diarias, de ida y regreso, para pasar la noche en el pueblo.
Esta rutina duró por lo menos cuatro meses, subían en la mañana y los más pequeños iban a la escuela, mientras que María Consuelo cuidaba la casa, alimentaba los animales, ordeñaba las vacas y recogía los huevos de las gallinas que todavía quedaban. En la tarde bajaban al pueblo a dormir en casa de Ángela, la hija casada. A sus 11 años, Mauricio contemplaba la angustia en la familia, pero no la padecía tanto como ellos, no le molestaba tener dos casas, pero sí ver a su madre con los ojos aguados cuando menos lo pensaba.
Seis meses después, el domingo 6 de mayo de 2001, acabaron con la vida de John Wilson, otro hijo de María Consuelo, de 24 años y trabajador en un cultivo de flores en el municipio de La Ceja del Tambo. Él era quien sostenía la familia por esos días. “Estaba solo en la casa, llegó de trabajar y había subido a bañarse y arreglarse para alcanzarnos en el pueblo, pero no pudo”, comenta Mauricio.
La noticia la recibió la familia por parte de vecinos que habían escuchado algunos disparos, ellos, un poco asustados, decidieron asomarse a la vivienda, que estaba de puertas abiertas, para saber qué había pasado: John Wilson estaba en el piso de una de las habitaciones, no respiraba. El levantamiento se hizo cerca de las 11 de la noche y como la necropsia no sería posible hasta el otro día en la madrugada, la familia veló el cuerpo en la casa campestre, durante toda la noche. De nuevo, en el alma de María Consuelo, el dolor ante la partida violenta de un hijo.
A su corta edad, Mauricio veía el sufrimiento en el rostro de su madre. Empezaba otra vez el ritual de despedida: traje negro, velación, flores, gente que llega a acompañar, eucaristía fúnebre, cementerio, más flores, novenario…
Al otro día, Huber y Mauricio fueron a limpiar la habitación donde había caminado por última vez el hombre mayor de la casa. “Esa es una de las escenas que más recuerdo —dice Mauricio— porque él quedó medio recostado en una cama, pero el tendido estaba limpio, había quedado salpicada la madera y el piso. Con esa situación le cogí muchísima fobia al campo; aunque voy de vez en cuando, yo no soy capaz de amanecer por allá”.
Quince días antes del asesinato, Walter, el cuarto hijo de la familia y el segundo hombre de la casa, se había ido a vivir a Montería. Allá estuvo alojado donde su familia materna y le ayudaba a sus tíos, quienes se dedicaban al comercio. Mauricio recuerda que su hermano Walter no estuvo en el funeral de John Wilson porque su mamá no le contó hasta el último día de la novena; ella no quería llevar al cementerio a uno más de sus hijos y por eso guardó silencio unos días. “Mi hermano Walter regresó a los dos meses y medio, pero estuvo encerrado mucho tiempo en la casa”, afirma Mauricio.
2.3 No más vida en el campo
Las hermanas mayores, Ángela y Diana, ayudaron a su mamá a vender lo que tenían en la finca: el ganado y algunas pertenencias. “Allá no podíamos vivir —sostiene Mauricio— nos afectaba saber que ahí había pasado todo, mi mamá con solo ver la casita empezaba a llorar y se desmayaba. Ella casi no supera esa sensación”.
La familia consideró la idea de vivir en Montería o en otro lado, lejos, pero a la final, pensando en que no había muchas opciones porque la violencia estaba por todo lado, decidieron echar raíces en el mismo municipio, pero fuera del campo, que les había dejado ese sabor a guerra.
A partir de ahí vino el cambio drástico para la familia: colegio nuevo, vivienda arrendada, ambiente distinto y otros hábitos. La familia estuvo primero en una casa cerca al Barrio Berna y luego un par de calles más al centro, llegando al barrio Bueno Aires; las casas eran grandes y los arriendos muy baratos en esa época, por la misma violencia.
Mauricio recuerda: “En esa época nos sosteníamos de la ayuda de mis tías, de coles que vendía mi mamá y también de guayabas que íbamos a recoger a la finca, mi mamá ahorraba para darnos los útiles escolares y pagar servicios, ella economizaba luz cocinando con leña en el solar de las casas a las que llegábamos, así quedaba dinero para el arriendo. Mi mamá mercaba, desde que trabajaba en La Continental, en la ‛Tienda de don Héctor’ y fue allá donde le fiaron el mercado nueve meses, mientras hacíamos vueltas para que nos llegara la pensión por mi hermano John Wilson; nunca aguantamos hambre durante ese tiempo, eso sí, solo se compraban granos, aceite, sal, panela y chocolate. Ni carne, ni frutas, ni verduras. No podíamos acceder a ciertos lujos y la mayoría de la ropa que teníamos nos la regalaban algunos conocidos”.
La mamá de Mauricio fue una de las pioneras, en El Carmen de Viboral, en exigir la reparación económica que daba el Estado a aquellas familias que habían perdido a alguno de sus integrantes a manos de grupos armados ilegales. Al principio, mucha gente decía que eso era como “comerse al hijo”, que era como si le pagaran la muerte con plata; sin embargo, la familia lo veía más por el lado de estar bien y de que los hijos donde sea que estuviesen se sintieran tranquilos por su familia, así no regresaran. “La reparación de mi primer hermano se tardó cuatro años, nos dieron cerca de 11 millones de pesos con los cuales compramos esta casa; por el segundo hermano recibimos casi doce millones de pesos en el 2005 y con ellos hicimos algunas mejoras a la vivienda”.
Al nuevo colegio, Mauricio llegó para estudiar sexto grado, desubicado con los cambios que había vivido por esos días, esas situaciones lo habían convertido en un niño introvertido, silencioso y abstraído. “Yo veía llorar a mi mamá y aunque no entendía muchas cosas, con eso quedaba marcado, también desperté la sensación de que me estaban buscando por ser de allá”. Sin embargo, con el paso del tiempo, llegaron los amigos del colegio y también los vecinos, los juegos callejeros, además de las tareas donde algún compañero y las visitas a casa de alguna tía.
“Cuando fui creciendo, en la misma etapa de colegio, ya empecé a analizar nuestra situación, a tenerle miedo al campo, a entender lo que pasaba en el país, a escuchar otros testimonios, a pedir justicia y claridad. A saber que la guerra no se había acabado porque yo había perdido dos hermanos”.
Mauricio, desde el sofá de la sala de su casa, afirma que todo lo que vivió lo hizo mucho más fuerte, y generó en él un deseo profundo de superación, de estudiar a pesar de las limitantes económicas en la familia. “Yo ahora vivo muy contento, mi mamá está mucho más tranquila y los hermanos que me quedan son muy cercanos entre sí, ahora somos más unidos. Uno a veces imagina cómo sería la familia si estuviera completa, pero bueno, las cosas pasaron así y ya no podemos volver atrás.”
Publicado completo, como Informe Especial, en Inforiente Antioquia el 23 de septiembre de 2011: http://inforiente.info/ediciones/2011/octubre/2011-10-03/23319-alla-esta-mi-tierra-entre-montañas-introduccion.html

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