Si vas a El Porvenir y te encuentras con un niño con cara de pajarito, seguro te regala el río en un balde. Buen viaje a la montaña.
La vereda El Porvenir se halla enclavada entre altas montañas del sur del municipio de El Carmen de Viboral, en el cañón del Rio Melcocho. Para llegar a esta vereda alejada, se debe abandonar la zona urbana del municipio, tomando la vía que lleva por la Autopista Medellín-Bogotá hacia el caserío de la vereda La Piñuela, perteneciente a Cocorná. Allí realmente empieza el viaje.
Mientras los labriegos esperan el vehículo que los llevará a sus veredas, el ambiente tiene un aire de festivo: algunos escuchan música popular campesina que brota de los equipos de sonido instalados en algunos de los negocios que hay allí, otros acaban de hacer sus compras en el Supermercado El Baratón y algunos más comen en el Restaurante de Parra.
El ambiente se altera cuando, a lo lejos, aparece un carro colorido, decorado con figuras geométricas, que se acerca al caserío, es “la escalera” o “chiva”, como se conocen estos vehículos de servicio público, que llevará a todos los pasajeros hasta la vereda El Retiro, destino final del viaje. Todo es agitación cuando el vehículo se detiene en el lugar: la gente comienza a subir en el capacete sus costales llenos de mercado, un perro, sillas de plástico, pipetas de gas, una bicicleta, unos tablones, un par de tarros de agua… También se acomodan allí varios pasajeros, campesinos la mayoría, con sombrero y machete algunos de ellos, así como con algunos trapos para cubrirse la cara y protegerse del sol de la mañana.
Una vez todo ha quedado listo, el vehículo comienza su recorrido: transita por vía pavimentada hasta llegar a la vereda Pailania, del municipio de San Francisco, allí toma un desvío por carretera destapada y va dejando atrás algunas montañas, mientras se ven otras a lo lejos. Los campesinos, durante el viaje, sonríen amablemente, sostienen algunas conversaciones con sus conocidos y otros más permanecen en silencio.
Cuando el bus escalera llega a su destino, la vereda El Retiro del municipio de Cocorná, la vía carreteable llega a su final y quienes deben seguir montaña adentro, hacia El Porvenir, deben transitar por un estrecho camino de herradura durante más de tres horas. Por lo general, ese trayecto se hace a lomo de mula, adiestradas y conocedoras de esos agrestes caminos que conducen al cañón del Rio Melcocho, donde se ve más verde montañoso que el mismo cielo.
Se sabe que se está en El Porvenir y se acerca la zona habitada, luego de cruzar un puente de cemento y abrir casi una docena de puertas de madera que separan los potreros donde pasta el ganado. En ese momento se empiezan a ver fincas, casas de madera y de adobe, y más arriba, los lugares de encuentro veredal: el centro de salud, la escuela y la tienda, llamada “Culo estrecho”.
Por lo demás, gente amable, muchos saludos en el camino, niños tímidos, agricultores sudorosos y amas de casas dedicadas a las labores domésticas que incluye, para muchas de ellas, moler maíz, hacer arepas y mazamorra, ordeñar vacas, alimentar y encerrar las mulas, terneros, piscos, gallinas y pollos.
Muchos de los campesinos que viven en El Porvenir nacieron allí mismo, llevan toda una vida en esas tierras montañosas que ha dejado como resultado la propiedad sobre predios que van muchas veces “hasta donde se puede ver”; otros, fueron llegando de veredas cercanas como Santa Rita, Rio Verde o La Cristalina, y aunque su fincas son más pequeñas, les da para sembrar, cuidar los animales y tener la casita.
Las 24 familias que actualmente habitan la vereda están dedicadas a la siembra de maíz, yuca, fríjol y plátano, productos que la mayoría de veces son para el consumo familiar, al igual que la leche de las vacas, los huevos y la carne de gallina, además de las guayabas, chirimoyas y bojoró que cuelgan de árboles cercanos.
En El Porvenir, los campesinos se levantan con el canto del gallo y, mientras trabajan en sus arados, ven el paisaje claro que deja la neblina cuando va subiendo entre las montañas, con ese panorama imponente crecieron los habitantes de la zona. Ellos se acuestan cuando llega la oscuridad, mientras ven, solamente, la luz que producen algunos bichos en el monte y una que otra vela encendida.
3.1 Visitantes armados
Corrían los años finales de la década del ochenta cuando las armas de la violencia se hicieron visibles ante los ojos de los campesinos de El Porvenir. La primera en llevarlas fue la guerrilla. Sus integrantes eran pocos al principio y menos aún uniformados, la mayoría vestían de civil, pero se reconocían por sus implementos de poder. “Fue después del 87 que vimos gente armada por acá, les decían los elenos, a mí esa palabra me sonaba como rara, pero luego entendí que era por ELN”, asegura Albeiro*, un campesino que ha vivido casi toda su vida en esta tierra montañosa, a la que le canta mientras ejecuta arpegios en su guitarra.
“Mucho tiempo después — continúa este hombre — yo escuché que los primeros que se tomaron estas montañas de La Unión, de acá para arriba, fueron 17 guerrilleros. El grupo se creció mucho, lamentablemente, con campesinos de estas veredas cercanas que fueron cediendo al discurso de la guerrilla y como el Estado tenía esto tan abandonado, no fue difícil”.
Entrada la década del noventa, el comando pequeño ya estaba fortalecido, decían que eran del Frente Carlos Alirio Buitrago y así se presentaban ante los campesinos aquellos armados inexpertos que fueron haciéndose fuertes con el paso del tiempo. Albeiro recuerda que la mayoría de la gente era muy joven: “pelaitos de 14, 15 años y ya con fusil, en todo el tiempo que yo conocí la guerrilla por aquí, pasaban niños, jóvenes, siempre se veían menores de edad”.
A los campesinos de El Porvenir, los “elenos” venían a pedirles favores: algo de tomar, que les prestaran una libra de arroz, que les vendieran un pollo… a veces llegaban a preguntar si había gente extraña en la vereda, pero no era nada raro, a nadie trataban mal y mucho menos los obligaban a hacer algo que no quisieran. Eso sí, no faltaba “la persona que se sentaba al lado de uno a conversarle, se iba ganando la confianza y luego empezaba a hacerle propuestas a uno”, dice el campesino.
Albeiro recuerda a un hombre robusto, barbado, medianamente alto y adulto en ese entonces, que se sentó una vez a su lado y empezó a preguntarle “¿hombre usted qué piensa? Mire cómo está el país”. El campesino le decía que él ya había escogido su obligación, que su responsabilidad era la familia y que no podía echarse otro peso encima. “Ese guerrillero me decía que mi familia no se iba a dar cuenta, que yo le colaboraba como miliciano y si no podía ir a las reuniones en algún momento no había problema, nadie se iba a dar cuenta — me decía él — y uno sabiendo que quienes habían aceptado y se ponían de lambones a colaborarles mucho, después resultaban en las filas de ellos, corriendo para un lado y para otro, se los llevaban del todo”.
Albeiro asegura que nunca le han gustado las armas, solo la escopeta, que se necesita para cuidar los sembrados y de vez en cuando cazar algún animal del monte, un conejo silvestre o una guagua venada que se atraviese por ahí, que luego termina adornando la comida del día en la familia.
Con el paso del tiempo, y hasta el año 2000, estos comandos guerrilleros se hicieron numerosos y cobraron más peso en el territorio, por esos días todavía continuaba el buen trato con los campesinos de la vereda (que no hacían más que arar los campos, cuidar animales y vivir en familia).
Los armados eran sus vecinos aunque nadie sabía dónde quedaba la zona de campamento, pero eran tan comunes, tan presentes en el territorio, que de alguna manera eran cercanos, no podía decirse que eran sus amigos, pero tampoco sus enemigos. No se metían con ningún campesino, cargaban armas, pero no había porque temer, ellos respetaban las familias, por lo menos de este lugar.
Cuando Álvaro Uribe Vélez recibió la presidencia del país el 7 de agosto del año 2002, casi que de inmediato inició su política de Defensa y Seguridad Democrática, que pretendía evitar que organizaciones armadas ilegales avanzaran en el dominio territorial, para lograrlo aumentó el pie de fuerza militar para combatir a la guerrilla. Para los habitantes de El Porvenir, la llegada del Ejército fue lo que complicó la situación, todos los campesinos veían el peligro cerca por la continua presencia de guerrilleros del Frente Carlos Alirio Buitrago y del Ejército en la vereda con la intención de combatirlos. Además, por el mismo tiempo que incursionó el Ejército, llegó el paramilitarismo a la zona, “armados sin alma” que los trataban a todos como si fueran guerrilleros.
Albeiro cuenta que “fue a principios de 2003 que empezaron a entrar a El Porvenir, venían desde San Francisco hacia adentro”. Al mismo tiempo que el Ejército avanzaba, los campesinos veían pasar, cerca de sus fincas, guerrilleros que iban cogiendo montañas arriba. “El ambiente ya se estaba complicando mucho y nos daba miedo que se encontraran y hubiera enfrentamientos — dice Albeiro, asegurando que habla también por sus vecinos —. Eso sí, uno seguía tratando bien a la gente sin importar lo que cargaran, pero eso no lo entendían ellos, lo que queríamos era que no nos metieran en sus cuentos.”
Albeiro y su familia estuvieron en medio de una presencia armada fuerte, fragmentada y perjudicial, las situación empeoraba un día cualquiera cuando se encontraban los bandos enemigos y “se prendían las balaceras en los altos de esas montañas” por las que estaban rodeados, se escuchaban bombardeos en esos cerros que los llenaban de desasosiego, inmediatamente empezaban las súplicas familiares, las oraciones al cielo. Los tiroteos eran lejanos, pero sembraban temor en la gente: “a uno le parecía como maluco, pasaban horas así, a uno ya le tocaba seguir con sus rutinas en la casa”. Y agrega que les “daba miedo cuando había guerrilla por ahí muy cerquita y llegaba el Ejército en ese momento, como hay guerrilla uno está culpado y en ese tiempo el decir de los paramilitares y el mismo Ejército era que quien le diera un trago o un bocado de comida a un guerrillero dizque era cómplice de ellos, entonces ese era el temor de nosotros, porque el que diga aquí que no le colaboró a la guerrilla está mintiendo, sea vendido, sea regalado, uno les colaboraba; estamos muy lejos y uno es caritativo con el prójimo”.
Antes de la llegada del Ejército, a principios del 2003, había alrededor de 54 familias en El Porvenir, pero el conflicto armado fue sembrado inseguridades y varias de ellas prefirieron desplazarse a estar en medio de tantos hombres armados. La gente se desplazó por el miedo que les producía esta situación, en su mayoría no fueron amenazados, pero sí escuchaban comentarios de que iban a bombardear toda la zona porque era de guerrillas.
Así fueron saliendo algunas familias durante el año 2003. En El Porvenir no quedaron más de 13 familias, que fueron tratadas cruelmente por los diferentes grupos armados y pasaron dificultades e intranquilidades en su misma casa. Sin embargo, para ellos, abandonar sus fincas era comenzar otra vida, dejar todo lo que eran, hacían y tenían hasta ahora.
3.2 Algunos nos fuimos…
El 2 de junio del 2003, Albeiro y su familia se despidieron de sus vecinos y amigos, amarraron con cabuya las puertas de su casa de madera, llevaban lo necesario para empezar en otro lado: sus ropas, algunas herramientas de trabajo y la guitarra del músico de la casa.
Con el sol de mediodía estaban saliendo de la vereda, luego de pasar algunos riachuelos, puentes, potreros y un largo sendero, llegaron a la vereda El Retiro al caer la tarde, allí descansaron y durmieron hasta el día siguiente. La madre de Albeiro había sido hospitalizada días atrás y sería sometida a una operación ese mismo día. Aunque nerviosa por lo que se venía, estaba más tranquila de saber que su hijo, su nuera y sus nietos estaban en camino, saliendo de esa zona a la que le debían todo, pero a donde llegó la violencia a impedirles vivir tranquilamente.
Al día siguiente, continuaron su viaje hasta llegar al municipio de El Carmen de Viboral. Se instalaron en el barrio El Progreso, donde vivieron casi todo el año y medio que estuvieron por fuera de la vereda. La situación en el pueblo era muy complicada: había que pagar por el agua, la luz y el arriendo, había que mercar del todo porque ya no habían sembrados que sustituyeran algunas compras, además del encierro, el ruido, los carros. Era otro mundo para esta familia, que permaneció en el pueblo mientras extrañaba la casa del campo, el Rio Melcocho y a sus vecinos.
Como muchos otros colombianos, hicieron maravillas con el salario mínimo que recibía el hombre de la casa trabajando en una floristería del municipio llamada Flores Silvestres. “De todas maneras la situación es muy dura y uno como que no logra amañarse”, dice la esposa de Albeiro, quien se dedicaba a organizar la casa y a levantar los tres hijos de la familia.
Albeiro, en el pueblo, no dejó sus costumbres de músico aficionado, aunque ya no contaba con el grupo musical de la vereda a la que pertenecía, se reunía a veces a tocar guitarra con sus compañeros de trabajo y a distraerse entre aires musicales del campo y uno que otro aguardiente. También, cuando hacía fiestas familiares, llegaban sus dos hermanos músicos y se armaban las serenatas que lo hacían recordar la tierrita; así fue en la Primera Comunión de su hija mayor, a punta de cuerdas prendieron la fiesta y “los pusimos a bailar a todos”. Sin embargo, llegaban otros días en que la guitarra permanecía guardada, recibiendo el polvo y la humedad solamente, porque los afanes de la vida diaria y la necesidad de mantener la familia en el pueblo no dejaban tiempo para muchas distracciones.
Por esos mismos días, otra familia campesina, acostumbrada al clima cálido, trabajo y el ambiente de El Porvenir, había emigrado a Barranquilla, para no tener que ver hombres armados llegando hasta su casa. “Nos fuimos el nueve de septiembre, más que todo por el maltrato del Ejército con mi familia, además de las humillaciones, ellos ya entraban a las casas a revolcarlas como querían porque estaban buscando armamento y guerrilla, y uno se ponía a pensar en que de pronto las cosas se seguían”, dice Mery, la mujer de la casa, su esposo Fabián, agrega que “cuando llegaba la noche uno se ponía a pensar en lo horrible que sería que le pasara algo a la familia”.
En marzo de ese año, antes de que se fueran de la vereda, habían bombardeado una casa lejana que tenían los padres de Mery y que utilizaban para guardar semillas y productos agrícolas cuando cultivaban por esos lados, a esa finca no subían seguido. Los militares le dijeron a la familia que habían encontrado zanjas y municiones de la guerrilla; por eso habían bombardeado y quemado la vivienda.
Unos meses después, Fabián estaba recogiendo maíz y había cargado sobre sus hombros la canasta donde transportaba herramientas, la comida y algunos granos que llevaba más tarde a su casa. La canasta había sido acomodada por su esposa con unas cargaderas que hacían las veces de bolso y que todavía utilizan algunos campesinos de la vereda. A Fabián lo cogieron unos uniformados que él no identificó y le hicieron quitar la camisa, al verle las marcas de las cargaderas de la canasta le dijeron que eran del fusil que cargaba, él intentaba explicar que no era ningún guerrillero, que él estaba trabajando para llevarle la comida a la familia, pero aún así, los uniformados lo acusaban de ser sapo y llevarle información a los guerrilleros. El malentendido finalizó cuando venía subiendo un vecino suyo, con el que había estudiado en la escuela muchos años atrás, él les explicó que era un hombre trabajador, un campesino no más. Y así fue como lo soltaron, advirtiéndole que no le contara nada a nadie, ni siquiera a su mujer.
Después de tanto acoso y presión por parte de los hombres armados, siguiendo los pasos de sus suegros, Fabián vendió el ganado que tenía a algunos de sus vecinos a muy bajo precio; las bestias y algunas pertenencias se las dejaron a un tío de Mery que vivía por los lados de Rio Verde, para que él intentara venderlas después. En la finca de la familia quedó un yucal que no pudieron vender y que se perdió del todo, además, quedaron sin estrenar una escalas de cemento que habían hecho para subir sin tanto esfuerzo a la cocina. La pareja amarró las puertas de su casa y, con sus dos niños, cogieron rumbo a Barranquilla.
Cuando llegaron a Baranoa, un pueblito en todo el centro del Atlántico, se juntaron a vivir con la familia (suegros, cuñados, sobrinos) en un segundo piso que no era suficientemente amplio para albergar tanta gente. Con el paso de los días, pudieron irse a vivir aparte y montaron una tienda de granos, donde vendían la comida al menudeo.
Sin embargo, el hombre de la casa nunca se amañó por esos lados, confiesa con nostalgia que se ponía a pensar en la tierrita y le daba “esa tristeza de saber que estaba tan lejos y totalmente abandonada”, además, no le gustaba ver sus manos, que en otros tiempos eran ásperas por el trabajo en el campo.
Su mujer fue un poco más condescendiente con el cambio, era ella quien manejaba la tienda por ser buena para los negocios y las matemáticas, y en las noches disfrutaba viendo novelas hasta tarde, pues era un privilegio que no tenía en el campo.
3.3 Otros, pocos, se quedaron…
Alrededor de nueve familias se quedaron en la vereda durante el tiempo de fuerte conflicto. Cuando algunos salían de El Porvenir para hacer compras, iban a pasar la noche en casa de sus familiares o de vecinos que se habían desplazado, ahí escuchaban de las necesidades que pasaba la gente que se había ido y con esos comentarios regresaban al otro día a la vereda, donde estaban los demás campesinos llenándose de motivos para seguir en sus tierras, pensando que allí, como pobres, no les faltaba nada.
Blanca, una campesina de 64 años de edad, afirma que no se fueron porque no debían nada y porque nunca los amenazaron, además, “uno se ponía a ver el desastre tan horrible de toda la gente en el pueblo y entonces hacíamos ese esfuerzo por quedarnos, pero nos tocó sufrir mucho, las pérdidas y todo eso”.
Las familias que quedaron en la vereda se ponían de acuerdo para salir a mercar con la intención de que nunca saliera un campesino solo porque “era muy duro salir y entrar en esa época, estábamos entre los ojos de todos, podíamos ser unos sapos para los de adentro y unos sapos para los de afuera”, confiesa uno de los campesinos que permaneció en El Porvenir.
A quienes resistieron en El Porvenir, el Ejército les revisaba sus mercados, además, los tres bandos armados los trataban como cómplices de sus enemigos. Hubo un tiempo en la vereda en que los paramilitares se llevaron varios terneros de los campesinos, algunos pudieron recuperarlos gracias a la gestión de la Junta de Acción Comunal, pero otros ya iban muy lejos; los paramilitares decían que los campesinos estaban cuidando el ganado de la guerrilla y por eso se lo llevaban. “Nosotros de porfiados que nos quedamos acá, porque igual si había mucha presencia armada y pasábamos unos sustos tremendos, cuando escuchábamos tiroteos y veíamos helicópteros sobre algún cerro de tantos”, afirma Blanca.
Su hijo, David, recuerda que cuando algunos vecinos se fueron él tenía 15 años, su familia había decidido quedarse, incluidos sus hermanos que vivían en fincas cercanas y que ya tenían su propio hogar, fue una decisión que tomaron entre todos, pero asegura que vivía atemorizado porque pensaba que ya mismo les tocaba arrancar, que llegaban a ultrajarlos y a destruir lo que hubiera en la casa.
El 17 de noviembre de 2004, David, quien ya tenía en ese entonces 16 años, salió de su casa en el caballo, con su sombrero y botas pantaneras, preparado para el sol inclemente de la mañana y los potreros pantanosos del camino; tenía la intención de darle vuelta al ganado de la familia que estaba en una finca mucho más arriba de donde podían verse sus vecinos. Cuando llegó al potrero no encontró el ganado, entonces caminó hasta el potrero de al lado, y en esas, buscando las reses para encerrarlas, explotó una mina antipersonal dejada por la guerrilla días atrás. David, herido, se montó al caballo como pudo y galopó hasta su casa bañado en sangre, la mina le había desfigurado el rostro y tenía esquirlas del explosivo por todo el cuerpo.
Cuando David llegó a casa, Blanca vio a su hijo bañado en sangre, notó como su voz salía por el lado derecho del rostro y tenía dificultades para hacerse entender, el joven había perdido cuatro muelas y el explosivo le había afectado parte de la lengua. Inmediatamente fueron al centro de salud veredal, donde les dijeron que podía estar reventado por dentro, además le diagnosticaron que tenía la mandíbula y una mano quebradas. Dada la complejidad de las heridas, lo trasladaron al Hospital San Juan de Dios, del municipio de Rionegro, donde recibió atención especializada. Allí permaneció internado poco más de nueve días, tiempo en el que “le cocieron la carita y lo dejaron bajo cuidados médicos”, dice su madre.
Muchas de las esquirlas que tenía no le habían salido cuando dejó el hospital, pero los médicos dijeron que “ahí le iban saliendo”. David en casa, bajo los cuidados de su madre y la preocupación de sus vecinos, notó que la encía seguía sangrando y le dijo a su madre que él no recordaba haber expulsado las muelas. Blanca insistía en que “del susto seguramente se las había tragado y no se acordaba”, pero David decidió regresar al hospital y hacerse una radiografía en la que pudieron constatar que las muelas estaban por dentro, se le habían enterrado por el impacto del explosivo.
El joven estuvo cinco años en tratamientos que pagó el Estado: cirugías plásticas para reconstruir su rostro, restitución de hueso, además de un tratamiento para colocarle las muelas que había perdido. Actualmente, David solo conserva sobre el lado derecho de su rostro, una pequeña cicatriz del accidente, que no hace imaginar la gravedad y las dificultades por las que pasó. “Es un milagro verlo como está —asegura su madre— nada en la vereda fue tan duro y horrible como el accidente de mi muchacho, él perdió la juventud en ese tiempo ¡Ay por Dios! justo en esa edad.”
La gente de la vereda asegura que el explosivo fue de la guerrilla porque el día anterior habían bajado de esos lados y se habían visto en la vereda, caminando montañas arriba, hacia el otro lado de donde ocurrió el accidente.
Al principio, David se negaba a lo sucedido y pensaba que era injusto que le hubiera tocado precisamente a él. Su juventud se le fue en citas, como si fuera “un viejito enfermo, para el hospital cada ocho días, cada quince o cada mes”. Ahora, David es un muchacho muy activo y trabajador, ha dejado parte de esa historia en el pasado. Él mismo dice sonriendo: “Sí, fue muy grave la cosa, pero aquí estamos, guerreándola otra vez, lidiando con sembrados y animales… y contando el cuento”.
3.4 De nuevo: hay un Porvenir
En enero del 2005 empezaron a regresar algunas familias a El Porvenir y fueron poblando nuevamente ese extenso territorio. A finales del mes llegaron, en un carro de la Alcaldía Municipal, cuatro familias, entre ellas la de Albeiro y Fabián. Tanto los vecinos que se resistieron a abandonar el lugar, como las autoridades locales, hablaban de una vereda más tranquila, lo que permitiría mayores posibilidades de retorno.
Albeiro recuerda que cuando pudo entrar a su casa, la encontró prácticamente vacía, con las puertas abiertas, las cobijas rasgadas y los colchones dañados, la explicación que se daba a sí mismo y a su familia, era que hombres alzados en armas los necesitaron para construir sus camas en el monte. Este campesino y su familia empezaron de nuevo: volvió a cultivar y volvió a tocar con los músicos de la vereda en la tienda “Culo estrecho” y dando serenatas, como antes.
“Después de que retorné, el primer año vi guerrilla, de ahí para acá yo no he vuelto a ver nada. El Ejercito sí entra de vez en cuando, hasta hace por hay 20 días entró a dar vuelta, pero nada más”, dice Albeiro.
Por su parte, Fabián recuerda que el día que regresaron, llegaron muy tarde y pasaron la noche en la casa de Blanca. Al día siguiente no esperó a tomarse unos tragos de agua de panela para ir a ver su finca y sentirse de nuevo en casa. “Cuando volvimos, la finquita estaba alzada, había un rastrojo miedoso en esos potreros, solo alrededor de la casa estaba bajito el rastrojo, porque quien saca la tapetusa en la vereda había retornado primero y se quedó en mi casa mientras encontraba para donde irse. Estaba despejado el caminito, no más.” Fabián afirma que volvió porque estaba muy apegado al trabajo, al arado, y aunque sus vecinos le dicen que se mata mucho trabajando, él asegura que lo disfruta y que si se queda sentado se aburre y además se le alzan los potreros.
Desde el año 2006, en El Porvenir, esa tierra rica en agua cristalina, frutas de clima cálido, diversidad de animales y paisajes montañosos, la vereda está medianamente tranquila, los niños ahora pueden pescar en el Rio luego de coger alguna lombriz que les sirve como carnada y bañarse en alguna cascada cercana sin mayores preocupaciones. Los campesinos aseguran que no han vuelto a ver grupos armados, sólo al Ejército que entra de vez en cuando.
La intranquilidad para los habitantes de este paraíso escondido aumentó a principios de abril de este año, cuando fue asesinado en la vereda el vicepresidente de la Junta de Acción Comunal, Andrés Álvarez, un líder comprometido con los derechos de los campesinos y la defensa del territorio. Como no se tienen detalles de su muerte, los campesinos de El Porvenir no han podido explicar esa pérdida y superar el duelo.
Allí, las alarmas están siempre que llega un desconocido, antes y ahora, porque no cualquier persona puede acceder a este territorio, con tantos senderos y caminos es fácil perderse si no se cuenta con un guía de la vereda o con un animal adiestrado. Es por esto que los campesinos se pasan la información de visitantes en la vereda o de forasteros que pasan diciendo que son mineros y cogen montañas arriba; eso los perturba un poco, pero por lo menos no pasan las tragedias de antes.
Ahora, como en otros tiempos, los campesinos que se animan se reúnen los domingos desde las tres de la tarde y hacen el grupo de oración, otros juegan baloncesto en la cancha de la escuela o conversan hasta que se oculte el sol, tiempo en que van a refugiarse a la tienda “Culo Estrecho”, para escuchar música de cuerda que interpreta el grupo musical de la vereda o que colocan en un equipo de sonido que funciona con energía solar. Allá se toman los traguitos de tapetusa, aguardiente o ron el día domingo, algunos bailan y conversan hasta que el cuerpo les dé; para regresar a sus casas deben caminar por esos senderos desnivelados a oscuras, librando más de una caída y un golpe.
En El Porvenir, esa vereda rodeada de montañas conquistadas por los campesinos, la agricultura les da lo necesario para comer, pero el ánimo actual por proyectos de café es evidente en los rostros y conversaciones con ellos. La Federación Nacional de Cafeteros está promoviendo su cultivo para exportar y los capacita periódicamente. Para ver los resultados de este nuevo sueño, de esta búsqueda de un mejor porvenir para su tierra y su gente, tocará esperar a que pasen varios años en esta vereda, donde se quiere recuperar el tiempo perdido y superar un pasado doloroso al que sobrevivieron por su resistencia y su inocencia.
Los más niños, quienes no recuerdan los días de temor en sus casas, ahora disfrutan de un juego de parqués con la compañía de sus padres, de las noches de pesca cuando no hay luna llena. Allí están felices, como sus padres, quienes les han enseñado el valor de la tierra, el agua y la vida en las montañas. Son ellos quienes le cuentan a los visitantes las hazañas de Lulú, Luna, Lucero y Congolo, los últimos terneros que llegaron a casa y que ahora son “su fortuna”, además del río, que también les pertenece y que inocentemente regalan en baldes a cuantos visitantes lo admiren.
Al final de la visita, los pasos de las mulas, las voces de sus propietarios diciendo ¡Muula! ¡Macho, macho! para que éstas continúen avanzando, el ruido del agua que cae en cantidades y el concierto de las chicharras van despidiendo al caminante que va dejando atrás, a lo lejos, El Porvenir.
* Los nombres de los campesinos de esta vereda han sido cambiados. En El Porvenir aún hay presencia militar.
Publicado completo, como Informe Especial, en Inforiente Antioquia el 23 de septiembre de 2011: http://inforiente.info/ediciones/2011/octubre/2011-10-03/23319-alla-esta-mi-tierra-entre-montañas-introduccion.html

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